El Cisco Kid, Zeus y Toro…el vino

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¿Se acuerdan memorioso y memoriosas, no de Zeus, porque si no lo recuerdan, no es falta de memoria sino falta de libros, películas o peroratas de peluquería; ni de Toro, porque si no, no es falta de memoria sino falta de lleca vinera argentina…? La cuestión es si se acuerdan del Cisco Kid?

Si sí, entonces comprenderán lo que le sucedió a nuestro amigo Gerónimo del Bosque, lector fiel de este digitopasquín morfero, incluso desde antes de su aparición.

Con pocos días de diferencia vivió tres experiencias que lo dejaron perplejo.

Habitante nocturno de fondas de mala muerte y restaurantes con pretensiones – es de los nuestros en eso de estar convencido de que por estas tierra de los buenos buenos en serio hay muy pocos; sí abundan como peste el bla bla y las redes charlatanas -, debió, hace poco y seguro que por algún exceso de la gula y el libar aunque no lo confiese,  pasar la noche en un hotelucho del puerto atlántico de Necochea, a la espera del bondi matinal que lo trajese de vuelta a su barrio de Buenos Aires.

Parece que en medio de la noche salió de su habitación de apuro, en busca de un aseo o cuarto de necesidades, una baño digamos, y para ello no tuvo mejor idea que envolverse en una de las sábanas que ¡Oh, milagro!… Relucía en su blancura.

A la mañana siguiente, cuando abandonaba el albergue menesteroso una voz de mujer, la conserje, parece que una sola atiende ahí todos los santos días durante las veinticuatro horas, le dijo hasta pronto don Zeus…

¡Zasss!, seguro que me vio atravesar el pasillo y ahora me toma el pelo, se dijo él; saludó con amabilidad y escaló las calles hasta la terminal de buses.

No mucho después. A escasas cuadras del Congreso, donde cada miércoles y hace meses, las policías fachas del gobierno facho de Javier Milei golpean sin piedad a viejas y viejos que pelean por sus pensiones, deambulando distraído oyó una voz urgente que, medio puteada medio imploración, le decía che Cisco Kid, correte que no puedo pasar y voy con el changuito de las compras

Esa voz pertenecía a un jovato como él, con el que bien podría encontrarse un miércoles cualquiera, rajando de la cana y los gases pimienta, quien efectivamente había quedado atrapado con su carromato pequeño y de mano, más vacío que lleno, entre mi paso lento porque sí y un joven tatuado que le daba al teclado de sus celular en forma ensimismada.

Por qué te llamó Cisco Kid, le preguntamos…Qué se yo, nos respondió, y agregó, no montaba yo a Diablo, el caballo del Cisco, ni estaba con su amigo Pancho, ni mucho menos andaba con pistolera, canana y sombrero charro, como él, el Cisko.

Aclaremos para los desmemoriados…Y los jóvenes…

Cisco Kid nació en un cuento del far west escrito en 1907 por William Sydney Porter (1862-1910), más conocido como O.Henry. El Cisco original era un bandido perseguido en México y Texas que con la radio, el cine y la televisión devino abnegado justiciero de la frontera, siempre acompañado por Pancho, amigo fiel. Se hizo famoso en todo el mundo con la serie de TV estrenada en 1950, más o menos contemporánea con la de su colega en las labores del bien, El Llanero Solitario, que enmascarado cabalgaba en un corcel blanco llamado Silver, y tenía por compañero de andanzas al indio Toro.

Y nuestro amigo Gerónimo del Bosque continuó con su vida. Horas, días más tarde, por esa pulsión de provocador porque sí, desafió a ciertos colegas de su estima a participar en eso que usualmente se llama cata a ciegas, tan propia del planeta vino y sus amantes.

Consiste en probar vinos de variedades similares, es decir, si se trata de tintos que todos los que se vayan a probar sean tintos, sin que puedan identificarse por etiquetas. Algo así como una cata de vinos anónimos o enmascarados.

Y sirvió una noche, entre bocadillos de quesos charcuterías y pan, cinco cortes o blends de tintas, de precios y calidades diversas.

Los convocados a la prueba fueron cinco. Notables aficionados a la mesa y a las copas, dicharacheros e informados, todos consideraron al mismo como el mejor.

Habían degustado algunas de la marcas encumbradas del corre ve y dile que tanto apasiona a quienes gozan con estas gozadera, marcas que a pedido de nuestro amigo no mencionaremos para que nadie se sienta ofendido, ni los catadores de ocasión, que al unísono había levantado sus pulgares por el vino de mayor consumo popular en Argentina, el legendario Vino Toro…Cuando se anoticiaron del alcance de sus preferencias, fueron gestos de incredulidad y cierto enojo, y rostros enrojecidos por el compromiso los que se vieron en derredor de aquellas botellas cómplices de lo que estimaron una traición.

Para los pretensiosos y la tilingada, el Toro es un vino fuera de toda consideración, pero, para nosotros, se trata de un ejemplo de buena vinificación, austero y digamos honesto: un buen vino y que los eunucos bufen, al decir del gran Roberto Arlt.

Y aquí un texto acerca del vino al que ningún dizque gastro-y-eno periodista del ambientillo se la atreve, y no es nuestro. Pertenece  a Victoria Bibiloni y fue publicado por el sitio It.Mendoza, el 19 marzo 2021.

El vino Toro es uno de los más consumidos de Argentina. Sus creadores, Juan Giol y Bautista Gerónimo Gargantini, encontraron en él la posibilidad de llevar el vino a todos los estratos sociales de la naciente Argentina de fines de siglo XIX y principios de siglo XX. Ambos hombres aseguraban que Toro era un vino hecho de laburantes para laburantes. El vino Toro es uno de los más reconocidos, no solo dentro del territorio argentino sino también a nivel mundial.

En la actualidad, esta marca produce aproximadamente unos 270 millones de litros anuales y acapara un 30% del mercado vitivinícola a nivel nacional. El 60% de esa producción se comercializa tanto en Buenos Aires como en el interior. El envase tetra brick, llamado simplemente como el “tetra”, es la presentación más vendida.

Bautista Gargantini era albañil y pintor. Llegó a Argentina a los 22 años desde el cantón suizo de Uri, próximo a Tesino. Cuando se instaló en Mendoza, armó un puesto de fiambres y embutidos en el Mercado Central y con el dinero de ese negocio comenzó a dar sus primeros pasos en la industria vitivinícola. Su padre, Pietro Gargantini, era agricultor y le enseñó todos los secretos para la elaboración de un buen vino. Gargantini aprovecharía al máximo esas enseñanzas para la creación del Vino Toro.

Mientras tanto, en 1887 y con solo 20 años, Juan Giol, llegó a la Argentina desde Udine, en la región de Friuli-Venecia Giulia. Giol era hijo de contratistas y antes de embarcarse para nuestro país se empleó como obrero en la construcción del canal de Corinto. Cuando se instaló en Mendoza, comenzó a trabajar también como contratista para Tiburcio Benegas en su finca El Trapiche.

Tres años después de llegar a Argentina, Juan Giol ya era dueño de una pequeña viña en Las Heras. Fue allí donde comenzó sus primeros ensayos en vinificación. Años más tarde, en 1896, Giol y Bautista Gargantini, junto con Pascual Toso, deciden asociarse y emprender en el mercado del vino.

En 1897, los tres bodegueros inauguran la bodega La Colina de Oro, cuyo nombre homenajea a la región suiza del mismo nombre. Colina de Oro está ubicada actualmente en el cantón de Tesino en una zona muy próxima a la ciudad de nacimiento de Gargantini. La bandera de dicha región, además, era una cabeza de toro sobre un fondo amarillo. Inspirados en ella es que los jóvenes emprendedores comienzan a comercializar dos marcas de vino, por un lado La Colina y por el otro Cabeza de Toro.

La Colina y Cabeza de Toro produjeron en conjunto más de 50 millones de litros al año. El vino más querido y reconocido por los mendocinos era el Cabeza de Toro. Con el paso del tiempo, la gente comenzó a pedir ese vino simplemente como Toro, que es el nombre con el que se conoce hasta hoy.

Bajo el mando de Gargantini y Giol, Colina de Oro llegó a ser la primera productora de vino a nivel mundial. Para ese entonces, la fábrica tenía más de 3500 empleados y además se producían 43 millones de litros de vino Toro por año. En solamente 15 años, la sociedad de Gargantini y Giol se convirtió en una de las más prósperas de la época y dejó al vino Toro como una marca icónica de Mendoza y el país.

Pese al encumbramiento de su negocio y las perspectivas aún mejores que brindaba el contexto socio-político del país, ambos empresarios echaban de menos la tierra que los vio nacer. En 1911, a sus 50 años, Gargantini regresó a Suiza y posteriormente, su socio hizo lo mismo y regresó a Udine. Ninguno de los dos volvió a Argentina. Bautista Gerónimo murió en 1937, un año después que su ex socio.

En 1990, las acciones de la bodega pasaron a las manos en las que está en la actualidad: la Federación de Cooperativas Vitivinícolas (Fecovita). Hoy, el vino Toro se destina fundamentalmente al mercado interno y en menor medida a algunos países limítrofes. En las instalaciones de Maipú donde todavía se fabrica, trabajan alrededor de 600 operarios y las líneas de producción están, aún hoy, al máximo de su capacidad.

Zeus, glorioso, cuando los dioses eran dioses…El Cisco, un naif…Toro, un vinazo…

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