De al-Habaqa, festejos y pelotudos

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Es que ya estamos sobre la natividad, la noche vieja y el alba que se supone debe renovar esperanzas. Nada mejor entonces que el aire perfumado en las cocinas, ciertos interrogantes y guasas y pitorreos.

Víctor Ego Ducrot

¿Por dónde comenzar? ¿Eligen ustedes o asumo la responsabilidad? Más que una pregunta, la segunda luce a postulación de un acertijo sin posible solución, porque ni el llamado intertexto podría concurrir en nuestra ayuda; sí tal vez la suspensión de esta escritura hasta recibir vuestras respuestas, aunque no se me ocurre como hacerles llegar la pregunta.

¡Alto ahí don Peje! estará por espetarme el amigo Ducrot, porque lo suyo es una galimatías más absurdo que una cerveza sin alcohol o un café sin cafeína. Y tendría razón.

Entonces comienzo con aquello de los pitorreos.

El otro día, un humano, porque los pejes amigos humanos tenemos, me contó acerca de un diálogo de repente escuchado en una cafetería al paso, pero de esas que están de moda para señoritos aficionados al pago con signos algorítmicos y señoritas con frufrús y miriñaques sintéticos.

Pide un  joven rapadito de testa y tatuado desde los tobillos hasta las amígdalas, tal cual indica la uniformidad de los cuerpos en tiempos de mercancía absoluta: Un latte y dos muffins por favor. Y pone cara de añoranza por su último viaje a Nueva York.

Le dice el laburante que mal se gana la vida en el negocio de la gastronomía vernácula a su colega que sufre idéntica condición, y con gesto de guasas: Un café con leche con dos magdalenas para el pelotudo ese

No tengo más remedio que abundar sobre el uso de la palabra pelotudo.

Una sabia escritora de mi admiración –sí, los pejes somos empedernidos hasta para leer – tiene una teoría maravillosa sobre el cruce de confusiones a veces entre sustantivos, otras entre adjetivos, en el idioma de los argentinos, sobre todo en el de los porteños, que les dicen.

¿Cuándo debe decirse pelotudo y cuándo boludo, que con tanta facilidad y error intentan compartir significado?

Según la escritora que jamás me autorizaría a citarla, un boludo es simplemente un tonto, o una tonta, no viene al caso.

Y un pelotudo, él o ella, es todo individuo solemne: una persona que pasa su vida enunciando o ejecutando  boludeces, es decir tonterías, convencida de que son genialidades. Cabe añadir, claro, que pelotudez tiene graduaciones: va del simple pelotudo al soberano pelotudo, y ese sí que es irrecuperable.

Ahora sí los festejos y a los interrogantes con aires perfumados en las cocinas.

Porque son estas épocas difíciles, tanto que a veces me pregunto qué festejarán mis amigos los humanos de las argentinas tierras cuando se aprestan para los brindis de los decembrinos crepúsculos, en una país en el que la mayoría de sus habitantes está en la malaria total, donde morfar un chegusán de aire comprimido viene a ser más dispendioso que untar al que haya que untar para que nada chifle si en noches retozonas se ponen bravos los saturnales; en un país, trataba de decir, en el cual todo lo que los fifiolos de la política del color y el tufo que prefieran dicen y hacen acerca de un planeta en el que lo que parece no es, y lo que es suele parecer otra cosa,

Pero en situaciones de túmulos y coronas de calas siempre hemos sabido darnos ese segundo que nos mantiene vivos, para galas y enhorabuenas.

Por eso todos, fieles y apóstatas, la tenemos a ella, a la reina del aire perfumado, tan conocida como al-Habaqa; seguro que una protegida por el mismísimo Al-Qaum, dios

de la guerra y la noche, guardián de las caravanas y los camelleros en la Kaaba, antes de la llegada del profeta, del quien podemos esperar que al verdor que todo perfuma y da sabor, y que dice cuando florezca la albahaca, colla, te voy a llevar a los bailes y a las carpas, colla, para el Carnaval.

Que a ese verdor le otorgue el don del conjuro, del desmadeje de cuanto filisteo nacido en Ekron y adorador de Baal quiera embozarse con el ropaje propio de los malignos emisarios que nos envían cuales ángeles caídos, sí, aquellos, los impostores del alma.

Y lean lo que encontré acerca de nuestra salvadora: Bartolomeo Decotto, capitán de la primera cruzada (1095-99), comprobó los efectos medicinales de la albahaca en la Jerusalén de entonces. Volvió a Génova con una bolsita de semillas en el bolsillo. Para Decotto era una planta medicinal. La cultivó como en Medio Oriente. Un día se le volcó sobre una rodaja de pan la mezcla que hacía de hojas de albahaca con aceite de oliva para un emplaste. Ebrio de placer por el perfume, la probó.

En el Caribe la albahaca ahuyenta espíritus obscuros y atrae a los luminosos. El aceite esencial de albahaca es un antídoto contra venenos, eficaz para la caspa y las picaduras de garrapatas.

En África protege contra los escorpiones, símbolos de Satanás. Llegó al Mediterráneo de la mano de los griegos. Medicina en India, China, Grecia y Roma. Plinio il Vecchio, que murió en el 79 en Pompeya por haber inhalado las exhalaciones de El Vesubio, era un fan de la albahaca por afrodisíaca.

En la Galia, los cosechadores debían someterse a rígidos rituales de purificación. Fue sagrada porque curó las heridas de arcabuz.

Elisabeta da Messina, heroína del Decamerón de Boccacio, sepultó la cabeza de su amante en una maceta de albahaca que regó con sus lágrimas.

Alivió depresiones, curó verrugas y resfríos. Arnau de Vilanova, alquimista y médico de reyes y papas, en su libro Thesaurus pauperum dice que alivia los dolores de parto.

En India se la reverencia porque simboliza al dios hinduista Vishnu. También es basílico, en griego basilikon o basileus, que significa rey, real o regio.

La albahaca combate gases, dolores menstruales, favorece la lactancia, cura los problemas digestivos y es un óptimo antídoto contra las drogas.

La autora de los dichos que acabo de afanar (no le digan a Ducrot porque es su amiga), es una escritora sabia acerca de las cocinas y sus menesteres, y ni se imaginan lo que sobre pestos y otros asuntillos sabe.

Doña María Josefina Cerutti se llama y los publicó en papiros ya de antaño, en los octubres del ’09 en una Página que por número ella misma se anuncia como 12. Sin embargo no me atrevo a tanto, a más choreo quiero referir, y es por eso que lo que sigue pertenece al mío coleto y recetario.

Cultivad os ruego en forma encarecida, vuestras propias albahacas, si es necesario en macetas y sobre un balcón de esos que dan de barandas a las calles urbanas; y cuando bien entrada la primavera sus verdores acrecienten en intensidad y talle, pues entonces al mortero de piedra o a cuchilla sobre tabla, pero no me vengan con eso de la minipimer o qué sé yo, le dan a la picadura que resuelta y con donaire, en entreveros refulja con otra de ajo. Y abrasadas entonces por el unte generoso hasta que rebose, del mismísimo sí, aceite de oliva, para que aguarden por el parmesano rallado y los piñones triturados.

Danza real y guardiana de las causas únicas, para los mejores espaguetis que podáis conseguir, claro que los italianos son los mejores aunque para ellos la dote o el tesoro de la coemptio, según los casos, quizás ni alcance.

Y qué podría añadirles además de sentenciar sin apelo posible, que un Lambrusco de los que se hacen en el Cuyo nos estará esperando; y todo gracias al viejo Al-Qaum. ¡Salud!

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