Si se te ocurre “viajar” en El Ferroviario, mejor caminá o tomate el bondi

786

Este texto no debería sorprendernos por aquello de hazte fama y échate a dormir, dicho al que deberíamos agregare cierta mención al efecto redes sociales, la última de las modas en eso de batir los parches y crear multitudinarias y tantas veces falsas expectativas.

Los comensales ahora no sólo tiene que sufrir lo deficiente cuando no comprado que suele ser en buena medida el dizque periodismo gastronómico tradicional (¡hay excepciones y las aplaudimos!), sino también a los opinadores y la opinadoras todo terreno que habitan y se solazan entre amigos, seguidores y likes…¡Lo dioses alguna vez nos protejan de ellos!

El Ferroviario, famosa y promocionada parrilla viene a ser un caso testigo de lo que esta revista al servicio de la comensalidad y no de los negocios y los medios acaba de afirmar.

Queda sobre la Avenida Reservistas Argentinos 219, en barrio porteño de Liniers, allí por donde se levanta el estadio futbolero de la V. Atiende al mediodía hasta las cuatro de la tarde, y a la noche a partir de las ocho. Su teléfono es 011 15-3059-7666 y cuenta con servicio de envíos a domicilio vía aplicaciones.

Uno de nuestros comensales tomateros invitados, quien sabe y mucho de cocina y le gusta comer, como suele decirse, bien, por allí estuvo el domingo pasado y, al mejor estilo de los viejos corresponsales, nos pasó este reporte.

Llegamos a las 12.30 y esperamos dos horas rigurosamente medidas por reloj. Por supuesto estuvimos a punto de emprender la retirada en busca de otras comarcas y aposentos donde almorzar pero somos gente con paciencia y convicciones.

La espera fue tan exagerada que no tuve más remedio que enfrentar los justificados reclamos de hambre y fastidio de mi hijo, aún niño. Se quedaron en la cola mi padre y un amigo y colega, y me sometí al improperio de ofrecerle al churumbel el consuelo de una desahuciada hamburguesa en Mostaza (¡qué la historia me absuelva por semejante apostasía culinaria!).

Por fin nos sentamos y nuestra gentil solicitud consistió en: una provoleta ferroviaria (provoleta, rúcula, tomates cherry, panceta, huevo y morrón); media porción de chinchulines; una porción de riñones; dos chorizos y una morcilla; una orden de costillar entrerriano y otra de papas fritas; dos gaseosas y dos cervezas de litro; y una botella de vino San Felipe.

Los comensales fuimos cuatro adultos pues mi hijo…ya saben, no me hagan recordarlo…

Pagamos 42.800 pesos pero lo peor no fue eso, sino que lo hicimos por…

Un costillar entrerriano duro, pasado, casi quemado…

Los riñones pasados y secos; los chinchulines al tono…

La provoleta apenas si cerca de lo que prometía, tanto por la calidad de los productos como por su preparación…

Los chorizos con un relleno de morrones casi invisibles y sin presencia en la boca ni en la nariz; y las morcillas, hasta frías…

Nos confundieron con turistas, si hasta nos pareció que intentarían hablarnos en un inglés maltratado, y la atención a las mesas sólo se dedicó a lo siguiente: yo le vendo no importa qué, usted paga

¿Algo más…? No, gracias.

Los comentarios están cerrados, pero trackbacks Y pingbacks están abiertos.