Un Bonarda y un Petit Verdot a precios más que accesibles y justos

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La cuestión referida a los precios de los vinos en los anaqueles de nuestro país, poblados por cientos, miles de etiquetas, siempre ha presentado aristas que la mayoría de los colegas, y ahora gracias a los efluvios de las llamadas redes sociales, los aspirantes a influencers también, prefieren evitar.

Todos tan dispuestillos a la abdicación ante el negocio que es de otros pero del cual siempre algo pretenden pellizcar. Claro, alejados aunque en forma encubierta del punto de vista de los consumidores, usuarios o sí, de los…¡Y qué vivan los lo chupandines del noble vino…!

Hace ya más de 20 años y nunca terminó él mismo de entender por qué, uno de nuestros tomateros fue convocado por la entonces naciente señal de TV ElGourmet.com para formar parte del elenco estable de un programa sobre cocinas, comidas y bebidas desde la perspectiva del dizque periodismo gastronómico.

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En buena ley siempre reconoció que nunca lo censuraron, que a lo sumo alguno de sus colegas lo bautizó y no sin humor, el primer crítico gastronómico bolche de la historia. Ni siquiera en aquella oportunidad en la que nuestro ahora tomatero, y ante las cámaras de la tele, desafió a señero bodeguero de Mendoza a ver si podía desmentir la siguiente afirmación: la diferencia de costo real e internacional entre un vino de alta gama y otro del montón difícilmente supere el par de dólares por botella; sin embargo la realidad para el consumidor que es dramáticamente muy otra. De mala gana aquél bodeguero demasiado no refutó.

Son muchas las variables que terminan incidiendo en el precio final del vino pero una de ellas sin duda es lo abultado en montos que implican las campañas de mercadeo (marketing) y publicitarias.

Con esos asuntillos como telón de fondo no nos queda más remedio que siempre apelar a un principio digamos que ideológico: no se deje usted embaucar por los buhoneros y tahúres del discurso de esas campañas; y a otro de racionalidad sistémica: lo caro o lo barato dependerán de la relación apropiada entre precio y calidad.

La Bodega Genaro Cacace, de Rivadavia, provincia de Mendoza, ofrece cinco líneas de producción: Algarrobo Grande,  Chikiyan, Suris y Familia Cacace.

En alguna oportunidad hemos probado los Chikiyam y escrito sobre el Torrontés de esa etiqueta – muy bueno -, pero esta vez nos referimos al Bonarda ’22 y al Petit Verdot ’22 de la línea Algarrobo Grande, dos vinos de encomiable calidad a un precio en primera semana de julio 2023 (la aclaración vale porque estamos expuestos a esa patología económica llamada inflación) más que justo y accesible: en las tiendas especializadas en vinos de Buenos Aires, porque en otras bocas de expendio es difícil hallarlos, se pueden comprar por 2.000 pesos la botella, cuánto mucho…No podemos dejar de recomendarlos y además queremos acercarles algunos datos.

Bonarda

Es, en superficie, la segunda variedad tinta plantada en la Argentina después del Malbec. Se considera que esta variedad llega a nuestro país a través de las corrientes inmigratorias de fines del siglo XIX, iniciándose su cultivo en la región de Cuyo.

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Fácilmente identificable en el viñedo por sus hojas típicamente planchadas, muchas de ellas enteras; brotes fuertemente coloreados y racimos medianos, compactos con características bayas redondas.

Esta variedad ha sido utilizada durante mucho tiempo en nuestro país como base de vinos tintos comunes por sus altos rendimientos por hectárea y su sobresaliente aporte de color. Tiene gran aptitud para mejorar vinos de corte, especialmente con Malbec. Ante el descubrimiento de su potencial enológico, se reduce la producción por hectárea, logrando una calidad excepcional, por lo que comienza su desarrollo como varietal del cual se elaboran vinos de alta calidad.

Produce vinos de colores intensos: marcados violetas o púrpuras que evolucionan al rojo rubí. Su aroma es intenso y suelen aparecer atractivas notas frutales de frutas rojas (frambuesa, frutillas, cassis o cerezas) y frutas negras (moras, ciruelas o arándanos). En boca es agradable y dulce, de buena intensidad. Sus taninos son suaves y hacen aterciopelado y elegante al vino.

Petit Verdot

Desde hace unos años, la Petit Verdot gana terreno en Argentina como opción varietal por su singularidad gustativa. Originaria de Burdeos, Francia, allá se la utiliza en pequeñas cantidades a la hora de aportar carácter en algunas de las etiquetas más importantes de la región de Médoc. Pero sin dudas se trata de la uva menos apreciada por los bordeleses, ya que en tierras galas brinda un carácter rústico, vigoroso y bastante herbal.

En Argentina, son cada vez más los que piensan que esta uva tiene potencial para escribir su propia historia a partir de vinos varietales, aunque estos impliquen un nuevo desafío para la vitivinicultura argentina.

El cultivo de Verdot puede considerarse marginal, ya que llegó a suelo americano también como uva de corte. Tal como sucedió con la Malbec, demostró muy buena adaptabilidad a los climas y suelos de Mendoza, San Juan y La Rioja, donde suma unas 600 hectáreas.

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