Un sueño en tiempos sombríos: el banquete de “La llamada de los caracoles”

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Víctor Ego Ducrot

“La llamada de los caracoles” cuenta…Todas las puertas de los barracones cayeron a la vez, derribadas desde adentro. Armados de estacas, los esclavos rodearon las casas de los mayorales, apoderándose de las herramientas. El contador, que había aparecido con una pistola en la mano, fue el primero en caer, con la garganta abierta de arriba a abajo, por una cuchara de albañil. Luego de mojarse los brazos en la sangre del blanco, los negros corrieron hacia la vivienda principal, dando mueras a los amos, al gobernador, al Buen Dios y a todos los franceses del mundo. Pero, impulsados por muy largas apetencias, los más se arrojaron al sótano en busca de licor. A golpes de pico se destriparon los barriles de escabeche. Abiertos de duelas, los toneles largaran el morapio a borbotones, enrojeciendo las faldas de las mujeres.

Arrebatadas entre gritos y empellones, las damajuanas de aguardiente, las bombonas de ron, se estrellaban en las paredes. Riendo y peleando, los negros resbalaban sobre un jaboncillo de orégano, tomates adobados, alcaparras y huevas de arenque, que clareaba, sobre el suelo de ladrillo, el chorrear de un odrecillo de aceite rancio. Un negro desnudo se había metido, por broma, dentro de un tinajón lleno de manteca de cerdo. Dos viejas peleaban, en congo, por una olla de barro. Del techo se desprendían jamones y colas de abadejo. Sin meterse en la turbamulta, Ti Noel pegó la boca, largamente, con muchas bajadas de la nuez, a la canilla de un barril de vino español. Luego, subió al primer piso de la vivienda, seguido de sus hijos mayores, pues hacía mucho tiempo ya que soñaba con violar a Mademoiselle Floridor, quien, en sus noches de tragedia, lucía aún, bajo la túnica ornada de meandros, unos senos nada dañados por el irreparable ultraje de los años.

Párrafo que pertenece a la Historia de la revolución haitiana según el genio novelístico del cubano Alejo Carpentier (1904-1980), demiurgo de lo real maravilloso. Sin él la literatura latinoamericana nos sería inasible.

En una de sus tantas obras – El reino de este mundo (1949) – nos cuenta la primera revolución latinoamericana negra y liberadora. La de Haití, que en 1807 convirtió de esclavo en rey a Henry Christophe; cocinero para más datos.

Son sueños de lo indeseado pues quienes canturreamos sobre estos asuntos del comer, que son de la vida, a eso mismo aspiramos, a que todos coman, a que todos vivan y que el goce sea para los mismitos todos.

Pero tanto a humanos como a Pejes, que es mi caso, y para peor empedernido, nos es en un todo imposible prohibirnos los sueños, imposibilidad que quizás nos asemeje a los dioses, quienes de existir ellos nunca se tomarían la molestia de prohibir lo imposible, espejismo que obsesiona a los seres del mal.

Los mismos seres del mal, de unos y otros, que ninguno se haga el distraído por más que discurseé como ángel de promesas y justicias; ellos todos son los responsables de un crimen de leso ser: que los alimentos sean mera mercancía, equiparable al oro, o al litio, digamos, para estar más a tono con los tiempos, o cualquiera de los tantos instrumentos que cada día nos hacen más irracionales, aunque todo indique lo contrario…Es que vivimos un tiempo y un espacio, este el nuestro tan propio, en el que muy poco de lo que es parece y casi todo lo que parece no es.

Quizás sea el momento de pensar…porque tan difícil se hace nuestro discurrir constante cuando comer ya es casi imposible para millones; y no hablen de inflación y que callen los tahúres del decir, que de maldad e injusticia poética se trata.

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