¿Prepizzas sí o prepizzas no?…Algunas claman SÍ

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Ya veremos cuál por ejemplo, aunque su mención aquí no significará la imposibilidad de  que habiten otras entre nosotros, con equivalentes calificaciones. Pero antes…

Tanto y tanto somos pizza que la última moda es…Nuestra tradicional porteña o la de Nápoles que en muchos casos hace furor…

Pero la cuestión no se agota allí, pues también marca a nuestro ser pizzero el desembarco de la neoyorkina, entre otras, como las dizque de Chicago y la romana…

Y el debate casi entre fundamentalistas si sentarse o de parado en pizzerías, o en chancletas frente a la TV, gracias a las entregas en bici o motoneta a cargo de pibes y pibas mal pagos y en la informalidad…

Y ni que hablar si prepizzas sí o prepizzas no, para el horno de casa – si ahora también a la parrilla-, casi una polémica de nunca acabar, como tantos otras que protagonizamos los argentinos.

En esta oportunidad no nos adentraremos en la cuestión  ontológica en torno a pizzas y pizzaiolos en italiano o maestros pizzeros en la nostra lingua, pero…

Antes de la mención prometida en atención a su verdadera excelencia y a los misterios que la rodean a la hora de conseguirlas, no podemos con el genio tomatero y recordamos aquí algo de lo que Maurizio De Rosa, de la pizzería San Paolo, de Buenos Aires, comentara en el diario Clarín hace ya un largo tiempo, en julio de 2016.

¿Cuáles son las diferencias?

El proceso. Para hacer una típica pizza de molde porteña se arranca por utilizar un kilo de harina triple cero y 30 gramos de levadura. Se mezclan ambas con la mano y luego recién se le agrega 30 gramos de sal, 600 gramos de agua y aceite. Se amasa de 10 a 20 minutos y se deja leudar el bollo una media hora en un cajón de madera. Luego, se aceita un molde enlozado y, encima, se coloca la masa. Allí descansará entre 3 y 4 horas.

En cambio, el proceso de la pizza napolitana arranca al revés: por el agua. Un litro, para ser más preciso. La levadura va a dentro del agua, de 3 a 5 gramos, según la temperatura ambiente. Y con una mano sola, se va agregando la harina. En realidad, para obtener una masa tradicional, aquí se necesitan usar 3 tipos de harinas: una de contenido alto de gluten, otra de fuerza y otra proteica, que se van agregando en ese orden con un movimiento que imita una pinza mecánica. Así, hasta lograr el “punto pasta”, unos 20 minutos más tarde. Se deja descansar una media hora, se confeccionan los bollos, y luego, deberá descansar en un cajón de madera de cerezo como mínimo unas 8 horas para contribuir a su mejor digestión. El resultado, es una mezcla elástica, que se la toca y regresa sola.

Los ingredientes que van sobre la masa. Son dos historias que se han bifurcado. Los argentinos cocinan el tomate perita con ajo y orégano. Los italianos, en cambio, le ponen el tomate tipo San Marzano, crudo. Este tiene una acidez especial, ya que proviene de suelos volcánicos. También hay divergencia con la mozzarella. Para la pizza porteña se usa una que viene en barra y es seca. Se necesitan unos 250 gramos. En cambio, para hacer una auténtica preparación napolitana, hay que usar fior di latte, que viene en su suero (sólo 100 gramos). Y un chorrito de aceite de oliva para terminar. No agregamos jamás orégano y mucho menos aceitunas, una tradición que es muy difícil saber de dónde salió. Hay que destacar además que antes de colocar los ingredientes sobre la pizza es necesario realizar un movimiento de cacheteo (o schiaffo) para lograr la forma tradicional napolitana. Se hace primero la corona (corniccione) manipulando con los dedos desde el centro hacia los bordes. De esa manera, obtendremos un borde con aire.

Cocción. Ya tenemos dos preparaciones divergentes, por lo que no debe sorprendernos que también difiera la filosofía que empleemos a la hora de cocinarlas. Para la pizza porteña, necesitamos madera de quebracho (colorado o blanco), que es bien dura y alcanza una temperatura de 300 grados. Esta se cocinará en su molde durante unos 10 minutos, lejos del fuego.

En cambio, para la napolitana, necesitamos madera de roble o haya (o eucalipto, si no hay otra) que logra una llama efusiva y eleva la temperatura del horno a 485 grados. Necesitamos un fuego alto porque nuestra pizza estará sólo 60 segundos expuesta al calor, aunque no en un recipiente, sino sobre una pala. Hacia el final del proceso, el pizzero hará pasar la masa por sobre el fuego, elevando la pala hacia el techo del horno. Con esto se logra que ésta se hinche, lo que técnicamente llamamos el alvéolo. El pizzero debe manejarse de manera muy eficiente y rápida para conseguir que todo le salga perfecto. El resultado, claro, estará a la vista. Y al gusto

Ahora sí, la prepizza que si recomendamos que entusiasmo…

Se trata de la Bacoli, elaborada en Buenos Aires y sólo asequible en algunas tiendas para alimentos y almacenes de por acá y, si las suerte los acompaña y consiguen un contacto directo, por encargo a domicilio y en un unidades significativas. Los tomateros las compramos en un almacén de barrio, en Almagro (Punto Gourmet, Salguero 533), atendida por don Arturo, un tipo que bien sabe de estos menesteres, y a un precio de hoy mismo –valga la aclaración ante tanto desquicio inflacionario – de algo más  de 2.000 pesos por dos unidades.

Las pizzas Bacoli se presentan a sí mismas como prepizzas napolitanas: producto artesanal con 48 horas de fermentación y horneada a 450 grados centígrados.

Y lo reiteramos. Nuestra recomendación es entusiasta. Son excelentes y hasta superiores a otras de pizzerías con luminarias y demasiada prensa y circulación en redes sociales.

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