El pimentón nació porque los europeos eran muy flojitos para el picante

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Para saber acerca de ello, este breve texto, que pertenece al libro Pimientos, guindillas y pimentón. Una sinfonía en rojo, de  Francisco Abad Alegría (Editorial Trea, de Gijón, Espala; 2008), y que conocimos gracias a la publicación que hiciera la cocinera mexicana Jimena Zúñiga en el sitio Antropología de la alimentación (más allá de la comensalidad…).

Aquí el texto mencionado

América dio el chile al mundo, pero no el pimentón.

Cristóbal Colón navegó en su trinitaria misión con la idea de retornar a Castilla con especias. Para su desgracia (pues perdió su Nao capitana y regresó con sólo 2 de sus barquichuelos) no encontró en las islas la canela, el cardamomo, la pimienta o el anís que tanto anhelaba. Lo que sí encontró fue el ají o chile, y como le pareció que picaba como la pimienta, decidió llevarlo consigo y bautizarlo como pimiento.

Sin embargo el chile no fue bien recibido en Europa. Su llegada sólo corroboró la barbarie de los isleños, quienes bajo los designios de Satán (y del tabaco) además echaban humo por la boca y la nariz.

El pimiento picaba demasiado y no sustituía a la universalmente aceptada pimienta, de modo que se le puso en salmuera o en vinagreta, con lo que nacieron en España las guindillas, en las que cualquier mexicano reconocería chiles de árbol maltratados.

Debieron pasar muchos años para que los turcos, que pirateaban y comerciaban en el Mediterráneo, lograran introducirlo en algunos lugares como el sur de Italia, donde seco y quebrado (también seleccionado para que no picara) se convirtió en el peperoncino que hoy le ponemos a las pizzas.

Lo que Europa deseaba no eran los alimentos de los indios, sino las especias. Al chile lo molieron para obtener con él un polvo más parecido a las especias, y con eso pudo entrar por fin en el mercado.

Este chile finamente pulverizado se elaboraba con los pimientos menos picos y más dulces, de modo que su efecto no fuera tan invasivo. Se le llamó pimentón, y una vez que tuvo éxito, en algunos lugares se le adulteró mezclándolo con aceite, aunque esta práctica fue prohibida y perseguida más tarde.

Se ha calculado que un 70 por ciento de las recetas tradicionales españolas contienen pimentón, pero el auge de su uso, durante el siglo XIX,  no resulta ser tan ancestral.

El peperoncino subió probablemente por la península itálica y en algún momento llegó a la actual Hungría, donde también molido se le conoció como páprika.

Hasta hoy, los húngaros juran que es un producto propio ancestral y endémico, aunque es posible que tampoco lo hayan comenzado a consumir sino hasta bien entrado el siglo XIX.

Y bueno, hay mucho más sobre las peripecias del chile fuera de América. Este libro resulta un buen divertimento, lleno de datos interesantes que a los mexicanos –siempre capaces de burlarnos del pimentón dulce– a veces se nos escapan.

Por nuestras comarcas al oeste del Plata se lo consigue algunos muy buenos, picantes, dulces y ahumados.

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