Para comer un caracú… de poesías y platos

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Silvia Maldonado

¿Cómo presentar a Susana Swarcz? Una poderosa poeta, cuentista, dramaturga, que sufriente o  gozadora, transita destierros, amores, ausencias, fiestas, viajes, olvidos. Al decir de Ana María Shua, el universo de Susana Szwarc tiene el poder arrasador de un oleaje.

Ya disfrutaré con ustedes, lectores, el momento de hacerlo, de presentarla; pero antes…

Dado el tema que nos ocupa en Tomate, quiero recordar de cuando compartíamos o compartimos frugalidades: medio pan con queso una vez, un cuarto de arepa de chancho otra, un taco de ojo la última, y hasta, en un pueblo ajeno, un completo vino de festejo, aunque, me dice…

/y no creo que exista aquí, en esta ciudad,

en ninguna ciudad,

algo como la grapa del pueblo de la infancia./

 

(Engaú, de Bárbara dice)

 

Pero dejo en ustedes su voz a ritmo. Su voz, dice Shúa, no vacila, no chapotea en la superficie: cala, se filtra lentamente, hasta tocar el hueso de la cosa.

 

El caracú

 

Para comer un caracú, hay que tener

el honor de recibir ese huesito redondo,

agarrarlo con la mano y hacer un sorbido un sonido

que sólo sucede en el momento del encuentro

del hueso con la boca.

 

Pero tampoco tu hueso es mi hueso.

Nombro

y me asombro:

¿hasta dónde  llega el carozo de la aceituna

que,  bajo mi lengua durante todo el viaje,

recién  escupí?  Cruzó la frontera,

el muro, de un patio a otro.

 

Gesticulás  como si yo dijera

algo  extraño. Te escucho

murmurar: llegó el tercer mundo.

 

Hace  cosquillas

tu pronunciación

aunque  no sé qué

estás diciendo.

 

Mi caracú

resbala  sobre la vereda,

deja su grasa sobre el oro que,

todavía, algunos,

festejan hasta el tuétano.

 

Afuera el monte espeso

 

En cualquier lugar de la casa se encendía

el fuego y la sopa humeaba.

Nos mirábamos unos a otros,  otras a unas,

esperando el momento de estirar el brazo,

llegar antes que cualquiera

y repasar el caracú, primero con la lengua

después con la mano.

 

Si jugáramos: ¿para quién sería el meollo, lo exterior?

Una ronda para el tinenti, la  payana,

el kapichuá y las palmas hacia arriba,

huesos  al cielo. Cuando  van en el aire,

qué difícil, qué difícil.

 

¿Y si refucilara?

Ante cualquier refucilo, el que perdía

o ganaba (¿qué diferencia podría haber?)

recibía la prenda: cubrirse, descubrirse,

tantear los espacios de silencio.

De premio: otro caracú.

 

Ir a buscarlo.

Recomenzar.

 

¿Vale todo?

 

 Ir y venir

 

Viene el hombre que me trae la comida

(me gusta pedirla, me gusta abrir el papel

en que la envuelven y dejarla enfriar.

Es otra mujer la que cocina y dos hombres 

la reparten por las casas).

 

Pero este sábado

él me pregunta: ¿qué hacés en tus clases?,

quiero leer poesía de ahora y no entiendo,

me dice.

 

Entonces lo hago pasar.

Busco los anteojos, busco el cenicero,

y abro a Juárroz primero

y abro a Gianuzzi después.

Me gusta abrirlos así, al azar,  en alguna página,

ver cómo saltan las letras.

 

Café y manzanas leo, mientras la comida

que me trajo este hombre

se enfría más sobre la mesa.

 

Nos enredamos en esa música ajena

que se nos hace propia y los ojos

del hombre que me trae la comida

se llenan de lágrimas. Entiendo, me dice,

eso que no entiendo.

 

¿Y Borges? Pregunta, ¿creés que podré

con él? Le acerco un pañuelo

de papel y se seca las lágrimas.

 

Antes de  irse él vuelve a preguntar: ¿entonces

me hicieron creer que no entiendo?

 

No entendemos

y ni falta que nos hace. Basta con llevar esas frases a la boca.

 

El hombre que me trae la comida se va.

Y yo saboreo lenta los trocitos.

 

El artista del sueño" | Los cuentos reunidos de Susana Szwarc | Página12

Así pues, Susana Szwarc nació en Quitilipi (Chaco). Publicó poesía y narrativa. Algunos de sus libros son: Trenzas; Bailen las estepas; Bárbara dice; El azar cruje; Una felicidad liviana; La resolana.  Obras de teatro como Paisaje después de los trenes y Justo en lo perdido han sido representadas en teatros de Buenos Aires.

Es autora de varias antologías y sus respectivos estudios preliminares, entre ellas Cuentos Ecológicos (con colaboración de Adolfo Colombres; editorial Desde la gente y ediciones Unesco); Mujeres 3, Visiones en el siglo (Instituto Movilizador de Fondos Cooperativos).

Ha recibido diversos premios y becas: Primer Premio Nacional -Iniciación- de Poesía, Premio Unesco,  Premio Antorchas a la Creación Artística, Beca del Fondo Nacional de las Artes, Premio Poesía Municipalidad Ciudad de Buenos Aires, entre otros.

Libros suyos han sido traducidos al francés, italiano y alemán. Su cuento No camines en el barro dio lugar a la ópera del mismo nombre compuesta por Cristian Varela.

De reciente aparición: Distancia cero (microrrelatos); Decir la suerte (poesía reunida, 1982 a 2020); Caracú (poesía). Integra la antología Mujeres y escritura.

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