Los amores (en la mesa) de Patricia Suárez Roggerone

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Que se nos entienda bien, pues Tomate es una revista sería, y debido al fruto de la tierra que eligió por nombre, en un bautizo concelebrado por sus Comensales, luce color rojo y sin vueltas; y nada tiene de amarilla ni de especialista en culebrones al estilo de los babiecas medios que espían en alcobas ajenas (en cocinas tampoco).

Los Amores en mesa es una maravillosa colección de pinturas y dibujos de esa cocinera, quizás la mejor del país, y artista plástica mendocina que se llama Patricia Suárez Roggerone.

Esos trabajo surgen de lo que las camareras me cuentan acerca de lo que escuchan en las mesas, dice sin rubor al confesar su goce estético ante la posibilidad de resignificar en espacios y colores los chismorreos que no siempre son íntimos y que como destino o afirmación de sentencia divina circulan en los aires de esos pequeños universos que son todos y cada uno de los restaurantes, fondas, tabernas, bares, ferias y mercados que ustedes, ilustres lectores y lectoras, puedan imaginar.

Se trata de la misma pasión que seguramente inspiró al italiano Ettore Scola, Silvia Scola, Furio Scarpelli y Giacomo Scarpelli, guionista y director el propio Ettore de La cena, esa película soberbia de 1998 y con un elenco que nosotros soñamos tenerlos sentados a la mesa: Fanny Ardant, Stefania Sandrelli, Vittorio Gassman y Giancarlo Giannini.

En su libro Los sabores del cine (Norma, Buenos Aires, 2002), nuestro Comensal Víctor Ego Ducrot revisa esa y otras películas que tienen como alma y ejes temáticos los haceres del mundo gastronómico.

Cierto párrafo ese texto define a los cocineros y a las cocineras como demiurgos creadores de universos; y Patricia Suarez Roggerone es ella misma demiurga por partida doble: en la cocina y con sus pinceles, telas y paletas.

El escenario de los cotilleos que cobran vida en Amores en la  mesa es el restaurante y algo más Finca El Paraíso de la Bodega Luigi Bosca, en Maipú, provincia de Mendoza.

Allí ella se desempeña como subchef, estrecha colaboradora de Pablo del Río, chef ejecutivo de un espacio en el que trabajan jóvenes del lugar y llevan a la cocina productos y saberes de la región, dándoles forma a una suerte de cocina de campiña o campo de fuerte raigambre italiana en tanto corriente inmigratoria que en forma decisiva le dio formas y contenidos a las culinarias y las vitiviniculturas argentinas.

Tres mujeres del pueblo son las mensajeras que sin ellas la obra del comadreo estético no sería posible, pues a su cargo están esa funciones casi de profetas de llevarla a la pintora la substancia oral de su obra que será plática.

Seguro es, o podemos imaginar, que mientras brota el proceso creador que transformara palabras en imágenes sobre la tela, la cocinera mete mano y almo entre los fuegos y le cuenta a Tomate: Desarrollamos una combinación de cocina italiana heredada con nuestra cocina criolla, trabajamos con productores de la zona; casi ni utilizamos carnes vacunas pues privilegiamos chivitos y corderos de Malargüe y otras regiones de la provincia; y hasta hacemos algunos de nuestros dulces en una máquina de hacer helados, traída de Italia.

Se trata de un ejemplo más de lo que nosotros, los responsables de estos tecleos digitales, definimos como cocina cocoliche, esa yuxtaposición con significados nuevos e culinarias, originales, criollas y las muy diversas provenientes de la culturas que llegaron su siguen llegando a estos rincones del Sur del planeta a través de las corrientes inmigratorias.

A algunos de los Amores en la mesa podrán ustedes gozarlos entre los párrafos de este texto. Sobre la vida de la cocinera y artista plástica Patricia Suarez Roggerone nada mejor que leer sus propias palabras.

Nací en 1970 en la ciudad de Mendoza,  con la posibilidad de  mirar la montaña cada día de mi vida desde el primer día de mi existencia. A los dos y hasta los cinco años nos trasladamos a un pequeño pueblo al lado del río Mendoza y rodeado de picos, Cacheuta.

Allí nació mi amor por la cocina, viviendo en un enorme hotel donde mis padres trabajaban, recibiendo huéspedes que iban al lugar a tomar  baños termales,  aguas que según decían eran curativas.

Mi padre, además de ser músico, tenía el gusto por la cocina, y de vez en cuando, para recibir amigos, parientes o huéspedes, hacía algún que otro manjar, como asado, locro, lentejas, pan casero. Lo que para mí significaba uno de los momentos más especiales del día, “comer y disfrutar”. Para mí él era un cocinero innato, disfrutaba de su tarea de hacer y dar.

Mi madre hacía también lo suyo, criando animales: patos, conejos, pollos y pájaros, que obviamente no comíamos. Pero era uno de los quehaceres que más amaba porque le permitía escuchar el canto de sus pájaros. Con mi madre, yo cosechaba los membrillos de una planta que nunca supimos cuando comenzó a crecer; verla era contemplar el paso de las estaciones, para mí entonces una magia inexplicable.

¿Cómo no ser cocinera si mi padre y mi madre marcaron en mí el amor por la tarea de alimentar?

A mis cinco años, volvimos a la Ciudad de Mendoza porque el gobierno militar decidió cerrar el hotel de las termas de Cacheuta. Entonces a mi padre se le ocurrió colocar en casa un negocio familiar, “viandas a domicilio”. Mi madre dejó entonces las tijeras, las telas, los moldes -porque era modista- y se dedicó a cocinar también. Tarea que aprendió de la mano de mi padre, “el amor de su vida”, como dice ella.

Así aprendí el oficio de hacer  una comida para darle a otros y vivir de ello, algo natural para mí, mientras pasaba por una época de feliz infancia, de escondidas con los amiguitos del barrio, entre aprender a coser, aprender a andar en bicicleta, entre el olor a guardapolvo limpio, cuadernos nuevos, libros de lectura, dibujos en la escuela y mañanas en las que me despertaba adormecida e iba a la cocina en busca de mi desayuno y me sentaba en una silla a ver el espectáculo: una gimnasia especial de dos personas apuradas, que de un lado a otro tomaban un producto y lo convertían en algo rico para comer.

Ayudarlos a estirar masa o hacer con mamá sopaipillas, tal vez era una excusa para sacar el mágico aparato de la caja – la “pastalinda”  y dar vueltas a la manivela hasta el cansancio, e insistir una y otra vez con la masa, cortar, hacer, encimar, estirar, lograr una forma, unir, cortar, hacer una forma, unir….Comencé a cocinar a los siete años; cada 29 de mes me sentaba al extremo del mesón de la cocina y mi tarea consistía en pasar “miles” de ñoquis por una tablita. A los 10 años era una experta en hacer hamburguesas e invitar a mis amiguitos de la cuadra a comer  en las noches de verano en el patio gigante de la casa.

En aquella época, durante las siestas, si no dibujaba jugaba a Doña Petrona, a quien alguna vez había visto en su programa de la tele, y recuerdo aquellas palabras: “…ahora usted señora tiene que…”.

Mi padres tuvieron un restaurante de cantina de club, que era muy común en esa época, porque los clubes eran los lugares de esparcimiento de la familia mendocina. Trabajaban mucho, sus jornadas laborales eran extensas,  con mi hermana vivíamos en el club, dormíamos en el auto cuando había cenas, o usábamos nuestro ingenio para pasar las horas.

Durante años los vi cocinar juntos, los ayudaba de vez en cuando, amasaba pan, hacía conservas, dibujaba, les hacía flanes de huevo a papa. Seguí cocinando de vez en cuando, dejando fluir las ganas y la creatividad, hasta que  en mi adolescencia  iba a la tarde, después que salía del secundario, a una escuela para aprender a coser y a cocinar de la mano de una ecónoma, porque en esa época en Mendoza no había chefs.

Dibujar, cortar, pegar y construir fueron, además de cocinar, uno de los pasatiempos favoritos en mi infancia,  pero más aún en mi adolescencia. A mis 18 años me decidí de un día para otro inscribirme en la Facultad de Artes. Comencé a cursar,  mientras me ganaba la vida haciendo tortas  para cumpleaños infantiles, cuyos decorados de colores eran a veces como esculturas en mazapán de personajes  de Disney. El usufructo de mi trabajo me permitía comprar mis óleos, acrílicos y papeles.

Los momentos vividos en la Facultad de Arte serán siempre para mí años para atesorar, porque tuve la fortuna de disfrutar de la educación formal de grandes artistas plásticos mendocinos y profesores que amaban serlo, como Eduardo Chilipoti, Eliana Molinelli, Estela Labiano, Eduardo Musso, Inés Rotella, Chalo Tulián, Eduardo Tejón, Santángelo, Cristian Delhez, Alicia Farkas… Profesores que me enseñaron a enseñar, que me formaron en el compromiso, en la ética , en la profesionalidad, además de enseñarme a entender el lenguaje del color, las líneas, las formas, el movimiento, las luces, las sombras, las técnicas, la estética, el desnudo, la expresión, a ser, a sentir, a decir.

En la cocina mis grandes maestros fueron mis padres, ellos me enseñaron a pasar el tiempo con alegría en un espacio llamado “cocina”, inventando, creando, viviendo… Tal vez por ello mi educación académica terminó en la cocina. Es mi elemento y yo digo que es como el “pez en el agua”, mi esencia.

Sus muestras y exposiciones

  1. Botánicas, flora autóctona, en La Casona Galería de Arte Muestra colectiva.
  2. Los cardos, flora autóctona, de La Casona Galería de Arte. Muestra individual.
  3. Natural y cotidiano, en Alejandra Cicchiti Antigüedades. Muestra individual. Busco que la imagen  describa mi pensamiento fruto de experiencias internas o posiciones vivenciales de mi  mundo diario, ese mundo tan particular reunido entre la cocina y el dibujo, aquello que pasa a ser mi paisaje natural sin ser el paisaje cotidiano de todos.
  4. Sangre Púrpura, en la Galería Park Hyatt Mendoza. Muestra grupal de mujeres bajo la curaduría de Cecilia Romera. Participan las artistas Laura Rudman, Lucia  Coria, Paula Dreidemie,  Magadalena Benegas, Verónica Ohanian, Cecilia Carreras, Analìa Mammoli. Las pintoras crearon un compilado de obras donde la fuerza creativa y femenina se ve plasmada a través de Bacos, paisajes, mujeres que levitan con aromas del vino y otras cautivantes imágenes. Con la fuerza creativa y femenina de «Sangre Púrpura. Arte y Poesía», las artistas hablan de cómo sienten e interpretan el vino y sus paisajes.Suárez Roggerone: El arte de dibujar con ingredientes – INmendoza
  5. La línea sostiene, en Galería Park Hyatt Mendoza. Muestras de dos dibujantes, junto a Verónica Ohanian y curaduría de Cecilia Romera. Las artistas presentaron una muestra  conjunta en donde la originalidad de la línea fue el hilo conductor de la exposición; ambas poseen estilos claramente definidos. La línea: protagonista absoluto de la muestra, la sencillez de una línea hacen de ella el medio más simple de representación adquiera una total resignificación, en donde esta “simpleza”  se expresa con gran riqueza visual.

2015 y 2016. Muestra de Arte en Encuentros de Artistas en el Museo Fader. Séptimo Encuentro de Artistas Visuales en los patios del Museo Fader, organizados  por el Club Cultural  de Chacras. Encuentros entre más de 100 artistas de la provincia de pintura, fotografía, escultura, joyería, instalaciones, objetos de arte.

  1. Muestra de Arte en Galería Daniel Rueda. Curadora Marcela Furlani, cinco mujeres convocadas para expresar con su  obra la forma de indagar el mundo sobre lo cotidiano, haciendo visible lo invisible.
  2. Edición de libro en pequeño formato de Menú Degustación de Restaurant La Vid.Patricia Suarez Roggerone, factor de unión. | Caminos del Vino.com
  3. Desarrollo de actividades como chef en Bodega Norton. Dicta clases grupales sobre técnicas del uso de vinos, borras y mostos, como colorantes naturales sobre papel de acuarela, en busca de la  representación del paisaje natural del viñedo.  Ilustraciones de menús en Restaurant La Vid de Bodega Norton, en pequeño formato y en tamaño carta natural. Dibujo de etiquetas de vino para distintos eventos conmemorativos.
  4. Egreso de estudios gastronómicos con tesis “Arte en la Educación Culinaria”

Se plantea la enseñanza de criterios artísticos en una carrera gastronómica como herramienta para el desarrollo creativo y estético a través de la historia del arte, técnicas de expresión y creatividad. Se realiza una comparación con la estética gastronómica de Ferrán Adrià (cocinero español de vanguardia que desarrolló en su país la cocina molecular) y el movimiento artístico Minimal Art, fundamentando una teoría necesaria de la educación artística en las carreras gastronómicas.

  1. Muestra Colectiva en la Municipalidad de la Capital mendocina. Facultad de Artes Visuales. Participa como estudiante en una muestra colectiva, con obras realizadas en papel, dibujos en grafito.
  2. Muestra Colectiva en Encuentro Nacional de Artes. Participa como estudiante en una muestra colectiva, con obras realizadas en acuarela sobre papel. Y otras obras realizadas en forma grupal en gran formato.
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