La conjura de los gamberros y los chorizos

218
Víctor Ego Ducrot

Para que quede claro desde la primera letra. Me refiero a los sujetos, sean ellos, ellas o cómo digan que se auto perciben, y que forman parte de la cadena comercializadora de alimentos en este país que se llama Argentina y a veces parece que se está disolviendo en una triste carcajada.

Y ya que estamos en vísperas de otro 24 de marzo, jornada por la memoria, la verdad y la justicia, digamos que ese destino cruel no es destino sino consecuencia de aquella dictadura feroz, cuyo mayor herencia legada es justamente esta política degradada en la que los de uno y otro signo terminan conformando una cofradía sirviente; la, digamos, perversa trinidad.

Aquí me explico. En ese triunvirato que no es santo, el dios padre es el poder económico-empresario-financiero, el hijo que le sirve consiste en  la caterva de políticos que digan lo que digan sólo se disputan los favores del dios padre, y el espíritu perverso, integrado por el conglomerado de medios de comunicación, opinadores, consultores, encuestadoras y etcéteras, que disciplinan al gran conjunto para que todo siga igual e igualito.

Ahí se crían, como huevos de serpiente, casi todos los que integran la cadena de comercialización de alimentos: mayoristas, acopiadores, intermediarios de distintos tipos, supermercadistas; y desde hace tiempo también, buena parte de los comerciantes de cercanías, en verdulerías, carnicerías, pescadería, despensas y demás.

Y digo que estos últimos se sumaron al malandrinaje hace menos tiempo que el resto, porque aún es memoria aquello de la relación de confianza entre el cliente y el bolichero del barrio; cuando la verdulera nos decía las uvas están dulces, nosotros no dudábamos y además, las uvas sí que sabían con dulzor.

Pero… Cambia, todo cambia. Cambia lo superficial, cambia también lo profundo. Cambia el modo de pensar, cambia todo en este mundo…Y ahora llevan a sus locales mercadería de mediana a regular calidad, con precios exorbitantes y os engañan.

Lo llamo el síndrome de la palta: importadas, casi siempre de Chile, y en la mayoría de los casos -¡hay excepciones, pues existen algunas pocas verdulerías buenas, caras pero buenas!-, cuando las abrís ya maduras en su supuesto punto, siguen con su pulpa dura o, peor aún, ennegrecida.

Pero no es cosa de ponerse de punta con los verduleros y las verduleras, pues los malandras, gamberros y chorizos habitan por doquier.

En pescadería, despensas, chinos  y carnicerías; y en algunas tiendas que se las dan de gurmé los precios suelen ser macabros y en muchos casos los productos ni cumplen con lo que prometen.

Ya dije que la causa de la conjura que hoy trato de abordar hay que ubicarla en herencias históricas y en la degradación de lo que suele denominarse la cosa pública, aunque todo se agrava en economías inflacionarias, sin moneda y al servicio de los malandras más grandes. No olvidemos que estos forman más parte del crimen organizado que de una burguesía tal cual su propia definición.

Podría seguir párrafos y párrafos con el asuntillo que tan mal huele pero para qué; ¿acaso no comparten conmigo la idea de que lo escrito, escrito está, y es suficiente?

Tan sólo me bastaría añadir que en medio de la mugre y el saqueo sí que existen las excepciones, de comerciantes dignos y con sus anaqueles y heladeras con calidad. También que este texto surge de experiencias y observaciones capitalinas y en el Conurbano bonaerense, aunque bien podría aplicarse al resto del país.

Y me despido hasta la próxima; los saluda El Pejerrey Empedernido.

También podría gustarte

Los comentarios están cerrados, pero trackbacks Y pingbacks están abiertos.