Entre vinos y platos, amoríos y revolcones y no más maridajes ni matrimonios

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¿Será pobreza de almas o precariedades en ideas? ¿O acaso el poder de sometimiento que ofrecen algunas leves diferencias de consonancias en ciertas palabras, como con la p y la m, entre patrimonio y matrimonio?

Porque claro, la invocación a maridajes y maridos sólo pude explicarse por la adhesión automática a aquello que los romanos llamaban coemptio, de lo cual derivaron símbolos como las tortas de bodas y otros ritos similares, todos llegados hasta nuestros días y siempre en representación de lo mismo: la familia como sistema de poder y distribución privada de las riquezas.

Porque, reiteramos, la historia del matrimonio comenzó cuando en las culturas antiguas se celebraban y formalizaban las de sus reyes y nobles. En aquél entonces los plebeyos no se consagraban en matrimonio alguno, pues no les era necesario para revolcarse y concebir o no sus descendencias.

El matrimonio tal cual se lo entiende hoy por nuestros lares surge con  el matrimonium de los romanos, posteriormente adoptado por la cristiandad y toda su parafernalia ritual, tomada del Antiguo Testamento de los judíos y de legendarios ritos en culturas precedentes…¡Copiones!

¿Será entonces que por todo o algo de lo que venimos comentando, quienes levantaron y sostienen el menesteroso campo semántico de la gastronomía y la enología alguna vez decidieron que, cuando un plato sabe mejor con determinado vino, esa relación se bautice maridaje?

Es probable, pero la comensalidad de Tomate no puede ocultar su cierto dejo libertino y proclama lo del título de este texto: Entre vinos y platos, amoríos y revolcones y no más maridajes ni matrimonios.

No nos condenen por nuestro cierto libertinaje, que al fin de cuentas la Modernidad toda, la de la razón tan perdida, no hubiese sido posible sin ellas y ellos, los libertinos del XVIII. Además somos fidelis y por eso adoramos a Hathor, a Dionisio y a Baco.

Hathor es la diosa egipcia del vino, la madre divina que renueva todo lo existente, por venir al mundo al mismo tiempo que Ra, el dios sol, fue la regidora de la alegría, la embriaguez, la música, el baile y el vino. Entre otras de sus tantas felicidades, retozó con Osiris, dios de la agricultura. ¡Cómo para no adorarla!

En Grecia, Dioniso, el hijo de Zeus y de Sémele una mortal hija del rey de Tebas, es el dios de las festividades, el teatro, la danza, el éxtasis, los excesos y el vino. A pesar de que representa el caos y el desorden también fue él el que enseñó a los mortales a cultivar la vid. Suele aparecer junto a las multitudes. ¡Con él estamos!

En la Antigua Roma, Baco es primo hermano Dioniso. Descendiente de Júpiter y también hijo de Sémele, es el irreverente dios del vino, de la fiesta y del jolgorio. De ahí la mesa y otras horizontalidades siempre rebosantes en aquellas citas que se conocen como bacanales. ¡Contigo también, oh Baco!

¿Se entiende entonces por qué nuestras iras para con eso del maridaje?

Además cuántos fueron los rejuntes que existieron y sortearon cánones y amenazas de Templos y Leyes  – aunque algunas veces esas piruetas no les fueron necesarias -, para darle trabajo a sacerdotes, tías solteronas y sicoanalistas.

Por ejemplo. El de Romeo y Julieta, aunque modosito si recordamos las noches de Edipo y Yocasta y por qué no a Electra, nacida de Clitemnestra y Agamenón, quien encarna la venganza por el asesinato de su padre y ultima a su madre.

Los amores develados por Safo, en sus poemas y en la isla mediterránea. Los fulgores de Aquiles y Patroclo, y los retozos de Artemisa y Calisto; y de Alejandro Magno y Hefestión. Los devaneos de aquellos 150 combatientes del Batallón Sagrado de Tebas. Ni qué decir de los goces sado de Nefertiabe, con otro nombre ella, e hija mayor de Kheops, según la versión de una ejemplar novela que hay que leer…

Después de toda esta perorata por escrito, ¿hace falta más alguna otra reflexión acerca de por qué en Tomate tenemos ojeriza con eso del maridaje?

Además, no estamos seguros de que el asunto sea tan serio como para imponerse a los gustos y placeres personales…Es decir, a beber como nos plazca y si hay encuentros que sean de amoríos o revolcones…

¡Salud!

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