El vermú contraataca

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Leímos por estos días varios recordatorios que hacen el vermú. Y todo porque, pobre él, también sufre esa manía negocio del día de; que le acontece cada 21 de marzo y no sabemos ni nos interesa por qué.

Vermú  o vermut si prefiere, o vermouth que es la versión francesa de la palabra alemana wermut, la misma que refiere al ajenjo, ya fuera de carrera tal cual lo amaban poetas, diletantes, señores serios y señoras serias, y no tanto, del XIX.

También viene a cuento que Hipócrates preparaba un vino tinto con amasijo de flores, justamente de ajenjo, algo parecido a lo que reapareció en el siglo XVI en la Bavaria germánica y fue denominado, como decíamos, wermut.

Sin embargo, se sabe que el inventor del vermú, el nuestro, ya no el histórico, fue don Antonio Carpano en 1786, en su bottega en Turín.

El vermú es un vino de mezclas varias, con artemisa, caramelo y mostos de uva. Entre las muy tantos yuyos y flores que lo acompañan cómo olvidarse del anís estrellado, del hinojo, del clavo, del cardamomo, de la cáscara de naranjas, corteza de naranjas, la vainilla, la canela, la salvia, nuez moscada, el jengibre y la melisa, y creo que me quedo corto.

Y dice un blog seriecito, que no les diré el título así nos siguen leyendo: Entre ciertos artistas europeos de principios del XIX, entre ellos el gran Goethe, se impuso una moda irresistible, viajar a Italia. En Turín, en la Piazza Castello, regentaba su café un acérrimo admirador del escritor alemán, el tal Carpano ya citado, quien cuando por fin encontró la fórmula de su vermú lo bautizo wermouth, como homenaje al autor tan leído.

Nadie se animará a desmentirnos que en esta nuestra ciudad de Buenos Aires el vermú fue por décadas una institución, por el brebaje mismo, sobre todo el Cinzano ¿no?, y por la palabra que rápidamente transformamos en sinónimo de aperitivo: por ejemplo, en algunas casas la hora del vermú fue siempre las once de la matina, en la buena compañía de un vaso alto de ferné con soda, hielo y limón.

Y cómo no recordar algunas estaciones de trenes del Conurbano sobre cuyos andenes siembre funcionaba alguno que otros de esos chiringuitos por entonces llamados “copetín al paso”…

Pero el tiempo pasa, y lo que pareció durante algunos años que ya era casi memoria, ¡zas!; de repente se convirtió en moda. La moda del vermú se hizo presenté entre jóvenes hasta ese momento atrapados por la cerveza, pero con la excusa de los tragos todo fue cambiando.

Y tanto que los clásicos, con el Cinzano entre los primeros, ahora tienen duros contendores: las nuevas marcas que se presentan como artesanales y el surgimiento de bares que se hacen llamar vermuterías

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