De como la mercancía absoluta atenta contra la autenticidad culinaria
Desde la experiencia peruana el historiador Tulio Frasson Lindley reflexiona acerca de los ciertos malestares que atraviesan a las cocinas tradicionales en esta etapa del sistema-mundo que en Tomate caracterizamos como la era de mercancía absoluta, en la que los bienes materiales e inmateriales, los simbólicos y las personas misma se han convertido en casi sólo mercancía y así operan en la sociedad, en los dispositivos políticos y los ámbitos culturales.
La más que interesante nota que tomamos de las redes sociales lleva por título original: LA AUTENTICIDAD COMO ESCENOGRAFÍA. TRADICIÓN EN VITRINA Y COCINA EN MODO PERFORMANCE.
Hubo un tiempo en que lo tradicional no necesitaba declararse. Simplemente era.
Se cocinaba como se había aprendido, con lo que había, para quienes estaban.
No había manifiesto ni explicación.
La autenticidad no era un atributo: era condición.
Hoy, en cambio, se anuncia.
La carta subraya lo “ancestral”, el camarero explica el “concepto”, el plato llega acompañado de relato.
La receta ya no solo se prepara: se contextualiza.
La cocina deja de oler a práctica cotidiana y empieza a oler a storytelling.
La autenticidad, que antes se transmitía por repetición y memoria, ahora se certifica. Se imprime en el menú, se enmarca en el discurso, se valida con una narrativa cuidadosamente aprendida. Lo tradicional ya no se presume heredado: se presenta.
No es que la tradición no cambie.
Cambia siempre. Pero cambia desde dentro, no desde la necesidad de exhibirse.
Cuando el plato se cocina pensando en la cámara antes que en la mesa, el eje se desplaza.
El comensal deja de ser partícipe y se convierte en espectador.
La paradoja es inevitable: cuanto más se insiste en lo auténtico, más frágil parece.
Lo auténtico que necesita anunciarse en mayúsculas empieza a parecer sospechosamente diseñado.
El rito se teatraliza. El gesto se exagera. El origen se subraya. Y la experiencia se vende como inmersión cultural.
La tradición, que era práctica compartida, se convierte en argumento de venta.
Nada de esto implica que no exista buena cocina. Implica algo más inquietante: que la autenticidad se ha vuelto una categoría de mercado. Se compra, se exhibe, se consume.
Una cocina viva no necesita micrófono.
Necesita continuidad.
No necesita escenografía.
Necesita tiempo.
Cuando la tradición depende del aplauso, deja de ser tradición y empieza a ser espectáculo.
Y el espectáculo, por definición, se monta para quien mira.
Lo verdaderamente tradicional no se representa: se practica.
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