Memorias de Café, sus imágenes

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Víctor Ego Ducrot

¿Arrojo estético, coraje intelectual? Sí y sin par en el caso de la autora que en pocos párrafos más voy a nombrar, mientras pienso a ver cómo me sale, porque sobre su último libro intentaré escribir…Y todo porque en Buenos Aires…

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…En el Café de Marco desde 1801 se encontraban casi todos los revolucionarios de Mayo – y otros que finalmente fueron traidores –, también celebraba sus tertulias la Sociedad Patriótica, la de Mariano Moreno, y la Sociedad del bueno gusto, que postulaba al teatro como un instrumento de gobierno y contaba con una Comisión de Censura, presidida nada menos que por Manuel Belgrano…

…El Café de Victoria abrió su puertas en 1820, en la esquina de las hoy calles Hipólito Yrigoyen y Bolívar, y hasta su cierre, más de 50 años después, buena parte de la vida política e intelectual de la ciudad se  reunía, para homenajes…y para rencillas…

…El The Droning Maud, más conocido como el café de la Negra Carolina, funcionaba cada día en el barrio de La Boca. A principios del XX estuvo Eugene O’Neill (1888-1953), quien lo llamó antro de marineros borrachos, burreros empedernidos, mujeres que se ofrecían y homosexuales que pedían. El único sobrio era un pianista que sacaba la melodía a martillazos. También por allí pasó John Griffith London, es decir el mismísimo Jack London (1876-1916)…Carolina había nacido de New Orleans, hija de un cocinero y una lavandera libertos…

…En la London, que vive, Julio Cortázar (1914-1984) cuenta un capítulo de Los Premios.

… Y con Enrique Santos Discépolo te miraba de afuera, como esas cosas que nunca se alcanzan

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Página tras página y no desde fuera, desde el otro lado del vidrio, en Bloc 2 Biografía de una mirada, su más reciente libro (Paradiso; Buenos Aires; 2023), los dibujos y las fotos de Adriana Yoel nos hablan sí de nuestros cafés – al menos así los oigo –, pero con esbozos o trazos que hasta pueden ser efímeros porque son memorias – ¿efímeros… acaso la memoria no es lo único que sobrevive?-; por suerte ella se encarga de ayudarnos – a mí me ayudó – con algunos textos que recoge al pasar.

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Ya por empezar los nombres apátridas eran sí una suma de biografías sin bautismo, historias menores de limbo. De Violer d’amores. Américo Cristófalo.

Articular históricamente el pasado no significa conocerlo “tal como verdaderamente ha sido”. Significa adueñarse de un recuerdo tal como relampaguea en un instante de peligro. De Tesis de filosofía de la historia. Walter Benjamin.

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¿Pero Yoel nos habla sólo de los cafés que son nuestros, por tanto transitarlos; o de los cafés de alguna de las tantas ciudades que han convertido a esos espacios en ámbitos del ser urbano de cada día (y cada noche)?

Es probable que la respuesta correcta a esa pregunta consista en la segunda de las opciones, pues sus dibujos – que conforman un ensayo sobre memoria y cotidianeidad- parecen ofrecer rastros de cierto viaje.

Sin embargo me seduce la posibilidad de una lectura que sobre todo sea mirada desde la propia cotidianidad, como suerte de resistencia al no lugar que propone e impone el tiempo actual, ese que llaman globalización y que cada día estoy más convencido que es el de la mercancía absoluta…Hermoso el contraste entre sí que en ese sentido susurran los bocetos que reproducimos…Y podríamos continuar.

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Y claro, escribo aquí, en Tomate, y acontece que al hacerlo desde nuestra idea de lo que es el universo de lo gastronómico – uno de los capítulos más potentes en materia identitaria de todo lo nombrable y clasificable como patrimonio cultural –, imposible es evitar el entendimiento de los cafés como formas vivas de cierta comensalidad.

Y gracias a Bloc 2…me dispongo a borronear sobre cierta inquietud que rondaba y seguirá rondando (seguro) como la ronda del arroz con leche, me quiero casar, si ustedes me lo permiten, ya que acordarán que las palabras, como lo sueños, suelen conducir a cualquier dislate, o no tanto.

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Pese a todo, al viento maligno que suele atravesarnos en esta ciudad desde hace ya mucho y no quiere detenerse en su suciedad de los sin almas, ella y sus cafés sobreviven…Cátulo supo descifrar algunas claves de un por qué hace ya mucho…

Llega tu recuerdo en torbellino, vuelve en el otoño a atardecer miro la garúa, y mientras miro, gira la cuchara de café. Del último café que tus labios con frío, pidieron esa vez con la voz de un suspiro. Recuerdo tu desdén, te evoco sin razón, te escucho sin que estés. «Lo nuestro terminó», dijiste en un adiós de azúcar y de hiel…¡Lo mismo que el café, que el amor, que el olvido! Que el vértigo final de un rencor sin porqué…Y allí, con tu impiedad, me vi morir de pie, medí tu vanidad y entonces comprendí mi soledad sin para qué…Llovía y te ofrecí, ¡el último café!

Qué jamás será el último ni en habrá un último Café de mesas y bullicios zumbones, con miradas y soledades; porque Adriana Yoel y su libro continúan con otras tintas aquello de Cátulo…

Y así es. No pueden dejar de leer ensayo de dibujos, otro diamante del sello Paradiso

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