A los fascistas la niebla se los comerá fritos

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Es una serie, aceptable por cierto, pese a las manías Netflix, basada en la novela The Mist (1980) del estadounidense Stephen King, el de los notables textos siempre y causante de la envidia que carcome a más de uno de los novelistas contemporáneos y canónicos de una supuesta buena literatura.

Su título es justamente La niebla (2017). Una historia fantástica desarrollada en la ciudad de Bridgton, Maine, donde después de una tormenta se ve envuelto en medio de una densa neblina que mata sin piedad mediante la aparición de criaturas del inframundo.

Sus habitantes se refugian en un supermercado, en que la pelea por los alimentos se torna central, y en una iglesia, ámbito para el pecado, la culpa y los exorcismos fatales.

Una suerte de metáfora, bien a lo King, acerca de lo imposible que se torna de convivencia entre humanos cuando prima la violencia, los prejuicios, la ignorancia y los miedos que deforman.

Ni un paso más cerca ni uno más alejado de lo que propone el fascismo de nuevo tipo como el que deambula tal cual sombra funesta por nuestros tiempos y en los más diversos parajes del orbe, entre ellos en esta Argentina que por decisión mayoritaria de sus habitantes – quizás deformados por una suerte de fétida niebla intelectual – ocupan el gobierno un lunático fabulador y sus secuaces, sirvientes de los conocidos de siempre, de la gran burguesía concentrada y sus cultura de rapiña, de apropiación de la producción social.

Y se nos ocurrió este texto porque bueno resulta recordar que existe una cocina del fascismo y un fascismo de la cocina. ¿Lo dudan?

Pues no lo hagan, ya que hay comentarios que hacer, desde lo anecdótico hasta lo más conceptual, si me permiten la expresión.

En el famoso sitio guía sobre viajes y turismo y gastronomías Tripadvisor puede leerse lo siguiente: Monumento al fascismo. Ristorante Da Oscar, en la Via Lazzaro Palazzi 4, 20124 Milán, Italia… Y entre los comentarios de los usuarios se puede leer: Parece increíble que haya tan pocos comentarios respecto a la oda a Mussolini que es este restaurante. Quedé con dos amigas, había reservado una de ellas porque se lo había recomendado una gente “foodie” y con la emoción del encuentro no nos dimos cuenta de dónde estábamos. Al rato empezamos a fijarnos y no dábamos crédito. Un monumento al fascismo, con imágenes, frases e incluso el busto d Mussolini. ¡Increíble! Nos preguntaron de dónde veníamos. Dijimos que de Barcelona y nos contestaron: ¡Viva España! ¡Viva Franco, grande hombre! Ni pienso hablar de la comida porque me parece gravísimo que existan sitios así y que la gente vaya en masa y escriba opiniones tan excelentes…Yo no volveré ni se lo recomendaré a nadie, a menos que sea para boicotearlo.

En mayo del ’22, el sitio El Confidencia, de España, publicaba un texto de la colega Carmen Macías en que se afirmaba lo siguiente.

Hace nueve décadas, la ciudad italiana de Turín se convertía también en escenario de inercias políticas autoritarias que pretendían vestirse de un movimiento artístico que las camuflase. El fascismo comprimía las calles de todo el país, y al tiempo que Mussolini imponía su dictadura, un grupo de hombres cercanos al régimen proclamaban el futuro. Para estos, y también para Mussolini, el futuro significaba una Italia sin pasta. Era 28 de diciembre de 1930, y en la “Gazzetta del popolo” de la capital del Piamonte aparecía el “Manifiesto de la cocina futurista”.

“Queremos glorificar la guerra, única higiene del mundo, el militarismo, el patriotismo y el gesto destructor de los anarquistas, las bellas ideas que matan y el desprecio a la mujer”, decía su máximo exponente, el escritor Filippo Tommaso Marinetti. No se trataba de presentar posibilidades, sino de fulminar el pasado con su propio presente, de arremeter contra todo lo que no les resultase religiosamente factible.

«La cocina futurista estará libre de las viejas obsesiones por el volumen y el peso y tendrá como uno de sus principios la abolición de la “pastasciutta” (como se conoce a la habitual pasta de sémola dura). La “pastasciutta”, por agradable que sea al paladar, es un alimento pasado de moda porque vuelve pesada, embrutecida, engaña a la gente pensando que es nutritiva, la hace escéptica, lenta, pesimista», sentenció en su manifiesto.

Lo cierto es que a este ideólogo fascista le importaba bastante poco las cuestiones relacionadas con la salud, sus metas eran otras: velocidad, industria, tecnología como forma de «limpieza» frente a la tradición y el pasado. Con la creencia de que las personas «piensan, sueñan y actúan de acuerdo con lo que comen y beben», formuló reglas no solo para la preparación de los alimentos con recetas muy específicas, sino también para servirlos y comerlos. Así, no suena extraño que su solución definitiva en lo que a alimentación se refiere era que el gobierno reemplazara todos los alimentos con píldoras nutricionales, polvos y otros sustitutos artificiales. «No se trata solo de sustituir la pasta por arroz, o de preferir un plato a otro, sino de inventar nuevos alimentos. Tantos cambios mecánicos y científicos se han producido en la vida práctica de la humanidad que también es posible alcanzar la perfección culinaria y organizar varios sabores, olores y funciones, algo que hasta ayer hubiera parecido absurdo porque las condiciones generales de existencia eran también diferente. Debemos, variando continuamente los tipos de alimentos y sus combinaciones, eliminar los viejos hábitos profundamente arraigados del paladar y preparar a los hombres para los futuros alimentos químicos. Incluso podemos preparar a la humanidad para la posibilidad no muy lejana de transmitir ondas nutritivas por radio», sugería Marinetti.

Pese a lo que Marinetti pudiera proclamar, los conceptos de los platos que ideó tenían un largo linaje histórico, en el afán fascista por revivir las glorias romanas» Flan de cabeza de ternera asentada sobre un lecho de piña, nueces y dátiles, relleno de anchoas; caldo de carne rociado con champán y licor, decorado con pétalos de rosa; carne de res en carlinga (término aeronáutico con el que se refería a una especie de horno holandés); albóndigas, «cuya composición es mejor dejar sin investigar», colocadas sobre aviones hechos con pan rallado. Por supuesto, un postre: llamado «eletricita atmosferische candite», consistía en pequeños cubos de colores de algo que emulaba al mármol, rellenos de una pasta dulce de ingredientes «que solo un largo análisis químico podía revelar» y coronados con algodón de azúcar. Todo esto componía el menú que se sirvió el 18 de diciembre de 1931 en el Hotel Negrino de Chiavari, un pequeño pueblo de la región de Liguria elegido para simular el entierro de la pasta, al que asistieron personajes de la alta sociedad de la época.

Las recetas se inspiraban, por ejemplo, en los pasajes más extraordinarios del ‘Satiricón’ de Petronius Arbitrius, en el afán fascista por revivir las glorias romanas». En 1937, Hitler criticó el arte moderno como «degenerado», antinacionalista y, de alguna manera, inherentemente judío. Marinetti se pronunció en contra de estas asociaciones esperando el respaldo de Mussolini. No lo tuvo. El racismo y el antisemitismo se extendían mediante la fuerza, y la guerra fue la que acabó determinando el futuro. La contradicción simplemente se había inflado: la búsqueda de naciones rotundas solo había provocado miseria. No había pasta, no había arroz, no había nada.

Y nosotros cerramos con la esperanza que la nieva se coma bien fritos a todos los fascistas que nos infectan.

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