Gracias a “Pepsi”, la sopa más lejana de mi vida, con cangrejos que espían desde el tazón

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Santiago Masetti (desde Tegucigalpa, Honduras)

Los hondureños hacen de sus desayunos, almuerzos y cenas un acto de disfrute único, y qué curioso, o no, porque así son los amantes de la mesa como convivio: Una buena parte del tiempo lo dedican a hablar de platos y deseos culinarios, aunque no hubiesen pasado ni diez minutos desde que finalizaron alguno de sus primeros platillos.

Por toda Tegucigalpa existen una infinidad de sitios para matar el hambre en las se ofrecen diversas posibilidades. Las privilegiadas, y que ganan por goleada, son las baleadas, tortillas de trigo acompañada por huevo (revuelto o frito), frijoles (peros sin el grano, como puré) y un poco de queso.

Desde que me encuentro en esta ciudad, hace casi una semana, para participar de los actos por el 15 aniversario del golpe de Estado del 28 de junio de 2009, al entonces presidente José Manuel Zelaya, pude degustar innumerables baleadas, comer una infinidad de sopas con sus respectivas tortillas y degustar pupusas (muy similares a las baleadas, pero provenientes de El Salvador).

Durante esos días comí como cuando adolescente, en aquellos tiempos en lo que nada era suficiente y a cualquier hola estábamos dispuestos al asalto de la heladera, nevera o como le digan.

Una tarde, en el Hotel Maya, recibo la llamada de René Amador, para decirme que estaba con Ramón Espinoza, Moncho para más precisión, y René Arias, los tres, mis amigos dilectos en Tegucigalpa, con la idea de ir comer unas sopas.

Acepté y bajé a la puerta, donde estaban ya, esperando en una de las camionetas con las nos movilizamos por toda la ciudad.

Una vez instalado en la parte trasera del aparatoso vehículo, tomamos una carretera y fue allí que pregunté… a dónde vamos.

Uno de ellos me respondió que a una localidad que se encuentra ubicada sobre la costa del Pacífico hondureño, llamada San Lorenzo. Mi asombro no obedecía a la coincidencia de nombres con el club de fútbol de mis amores, allá en Buenos Aires, sino a la cantidad de kilómetros que habría que recorrer para simplemente tomar una sopa.

Mientras la camioneta aceleraba a una velocidad sostenida, mis compañeros de ruta discutían si la distancia entre la capital hondureña y San Lorenzo nos llevaría una hora y media o dos de viaje. En el transcurso del periplo, Amador no paró de hablar ni un segundo, pese a que ese su don de conversador suele ser motivo para bromas y chanzas de compañeros y amigos.

Cada localidad  por le pasamos daba pie a varias historias de la resistencia al golpe de Estado y al narcogobierno que condujo los destinos de Honduras por doce años. Tierras de héroes anónimos y de pueblos decididos a cambiar su historia.

San Lorenzo nos recibió con intenso calor, aunque por debajo de sus marcas habituales en esta época del año, y sus los olores seductores a pescados y mariscos recién capturados, que vendían los lugareños cada vez que la camioneta se detenía por alguna circunstancia.

Luego de visitar la iglesia donde habita el santo en cuestión, que no vestía de azul grana como los matadores de Boedo, es decir de mi querido San Lorenzo de Almagro, el carro avanzó por un especie de malecón donde abundaban los lugares para comer. Desde puestos callejeros hasta locales de cierta.

Paramos frente al restaurante Bahía Azul, ubicado en ese lugar desde 1993. Un sitio pensado, ejecutado y diseñado para los amantes de los mariscos, pescados y cualquier tipo de ser vivo que habita en los mares – sólo faltan platos de sirenas y de hombres rana -, aunque por ahí aparecen también otras carnes asadas, sandwiches y hamburguesas…Pero claro, las estrella son los platos que provienen del Pacífico.

Moncho me confesó que nos encontrábamos en ese sitio gastronómico gracias a la recomendación de Fabricio Sandoval, apodado Pepsi, un diputado del oficialista de Libertad y Refundación (Libre) por el Departamento de Valle.

A Pepsi lo había conocido unos días antes, durante un encuentro con otros legisladores, militantes y dirigentes de esa fuerza oficialista. De palabra fuerte y finita, este legislador es uno de los principales impulsores de la Ley de Justicia Tributaria en el Congreso, la cual busca solucionar el problema de la falta de recursos para financiar sistemas de protección social y la lucha contra la pobreza.

Pepsi me hacía acordar a las anécdotas del heroico revolucionario cubano Camilo Cienfuegos por su compromiso político, por su cercanía emocional con el pueblo y por su sentido del humor constante. No me llamó la atención saber que él sea uno de los motores de la iniciativa que combate los monopolios y oligopolios, como tampoco me alcanzarían las palabras para definir esa gracia narradora de militantes populares que le dan vida a mi tres amigo y anfitriones en la aventura culinaria que estaba ya por comenzar.

Antes, un paréntesis. Vale destacar que las exoneraciones fiscales en Honduras son el mecanismo de concentración de riqueza en perjuicio del Estado. El 92 % de las exoneraciones se concentra en el 10% de las empresas más ricas, dejando apenas un 8 % de estos beneficios para el 90% de las empresas restantes. De esa manera el gobierno dejó de recaudar millones de dólares entre junio de 2009 y diciembre de 2022…Y todo por las llamadas exoneraciones fiscales.

Ahora sí…Al sentarnos a una mesa que esperaba por nosotros, lo primero que nos sirvieron fue un plato cuadrado y enorme repleto de curiles o conchas negras típicas del Golfo de Fonseca, acompañado con rodajas de limón, para que, al exprimirlas sobre las sabrosas bestezuelas del mar, estas se movieran con gracia, antes de convertirse en nuestros bocados, salados y acompañados con Tabasco  y Salsa inglesa…¡La perfección!

Luego llegó más curiles pero ahora hechos ceviche, con cebolla picada, rodajas de chile verde, cilantro, limón, tomate, sal, pimienta y comino; acompañado por unas pequeñas galletas saladas.

¿Eso fue todo? No…Otro ceviche llegó, esta vez de caracoles…Y luego, tras rondas de cervezas o Salva vidas, hizo su aparición ella, la reina de San Lorenzo: La sopa de mariscos con caracoles, de la cual sobresalían orondos los cangrejos que parecían clamar por salvación…Claro, todo nuestro fue, en este aquelarre de maravillas del comer marino.

Uno de los encargados de Bahía Azul, es Eduardo Chevez, quien además es nieto de doña Dora, la cocinera, me contó que sobre ciertos saberes y prácticas culinarias de la casa, a la hora de las sopas: las cabezas de los camarones y las conchas se hierven aparte y una vez conseguido el punto de ebullición se retiran del caldo, al cual se le agregan vegetales, sal, crema de coco; más camarones, caracol, pargo, jaiba y guineo verde….¡Para el aplauso!

Nos despedimos de San Lorenzo con la panza más que llena y con el corazón más que contento. Ya de regreso en la carretera, a unos cuantos kilómetros de Tegucigalpa, pudimos divisar una  parrilla que se llamaba Los Toxicos. Obviamente bajamos. Allí pedimos un chorizo para cada uno, acompañado con una cebolla picada y unas tortillas para hacer una especie de tortipán.

El lugar donde se decidió poner la parrilla rutera es en sí peligroso, ya que queda en una de las curvas de la carretera y los vehículos pasan a una velocidad importante y casi rozando el establecimiento donde se encuentran los comensales. Al llegar se puede ver a una persona ahumando tiras y tiras de chorizos, que finalmente se terminan de cocer en una parrilla….

Por fin llegamos a destino y a salvo, la bacanal fue inolvidable…Honduras, un país mágico y de amigos.

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