¡Mamita, qué merengue! En cuatro actos y un epílogo

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Víctor Ego Ducrot

Título e ideas para el presente texto afanados a mí mismo de otro escrito hace casi unos siete años atrás. Situaciones y personajes aludidos en más o en menos sobre el escenario de un país que cambió, que es infinitamente más turro que aquél el de la historia original; pero me entusiasmó la idea de repetirme aunque no tanto.

Ya no hay quien lo niegue, vivimos revolcaos en un merengue; y en el mismo lodo todos manoseaos, escribió el gran poeta tanguero. Inolvidable, siempre con algo para susurrarnos, en las buenas y en la malas, como la poesía, como el tango; también como el blues  y el cante, pero hoy me quedo entre el Riachuelo, una calle de Ensenada y el Palermo de Montevideo, para que el tomatero de la celeste no se rechifle; mejor dicho porque se me ocurrió, ya que como todos saben los Pejerreyes Empedernidos somos caprichosos.

Desde la cocina oigo a los salames de siempre – no tandileros, que esos son de lujo – en la tele y dándole a la parla que te parla sobre política. ¡Mamadera pa’ los pibes!,  a eso le dicen información…

Cachivaches de uno y otro lado, todos sobre la misma calesita, haciéndole el juego a la debacle moral a la que conduce este fascismo que vivimos, entre psicópatas, oportunistas y las sanguijuelas de siempre; a esta especie de tumor que pudre las entrañas ciudadanas.

Ese es el triste merengue en el que estamos metidos, aunque concededme la merced de la esperanza y del retozo entre letras, sabores y sudores, que el mal llamado pecado por los culposos sin retorno es lo más mejor, sí, no me equivoqué, lo más mejor, que tenemos los humanos.

Por eso comparto con ustedes un gran merengue en algunos actos y un epílogo:

Primer acto. La otra noche descubrí un libro y me dio hambre de algo dulce. Leí y decía así: Un crítico de autoridad- ¡Pamplinas! Lo único importante es el éxtasis, el espasmo de emoción. Un gastrónomo: a mí no me gustan los merengues con sabor a vaselina. Y unas páginas después, con lo que no transijo es con la cocina yanqui: es cinematográfica. Pido un sándwich y resulta que parece de jamón, de queso, de anchoas, de sardinas, de lechuga, de todo en una palabra. Los sabores se suceden cinematográficamente y, en verdad, ello no es nada amable para quien como yo (…) le da gran importancia a la cocina. ¿A quién no se le abre el apetito con el éxtasis de la prosa?

Los textos corresponden al autor de Veinte poemas para ser leídos en el tranvía y En la masmédula, y fueron tomados del libro Olivero: Nuevo homenaje a Girondo, con compilación, introducción y notas de Jorge Schwartz, y editado por la Comisión Nacional de Bibliotecas Populares y el sello Beatriz Viterbo.

Llegó a mis manos, creo, hace diez años.

Segundo acto. El merengue se prepara con clara de huevo batida y azúcar. Existen al menos cuatro tipos: el francés, que no se cocina; el italiano, con almíbar en vez de azúcar; el suizo, que se cuece a baño de María (¡ojo!, no con María, porque ella elegirá con quien se baña o si prefiere hacerlo sola), y el que nos deleita cada vez que nos apoltronamos felices, para la dulce zapeada de golosos, sea cual fuere de todos, tan sólo que por un instante el mejor.

Algunos dicen que lo inventó un tal Gasparini, pastelero de Meiringen, Suiza, en 1720. Otros que fue obra de un repostero que trabajaba para el rey Estanislao, de la vieja Polonia. A Maria Antonieta le gustaban tanto que por ellos perdió la cabeza, pues seguro que no eran del agrado del Dr. Joseph-Ignace Guillotin.

En un tratado de pastelería española de 1747 se lo trata de pequeña obra muy buena para adornar y hácese del azúcar más selecto.

Tercer acto. Como ya se la verán venir, no acobardarse ante la posibilidad de pecar, mejor aún festejemos, porque le llegó el turno al Otro yo del Dr. Merengue, que ni se hornea ni se come crudo, sino que se convive con él, tal cual Robert Louis Stevenson le enseñara a Mr. Hyde como sobrellevar al Dr. Jekyll.

Seguro que cuando Guillermo Divito comenzó a publicar la tira en su revista Rico Tipo, en 1945, ese mismo día festejó con merengues – ¿con dulce de leche o con crema?, nunca se sabrá -, pues sabía que todos tenemos otro yo, más o menos oculto, más o menos goloso o asceta, según el caso, según la naturaleza del alter, y si no pregúntenle al tal Ducrot que cuando duerme pierde todo control, ni hablemos sobre mí, que soy El Pejerrey Empedernido.

Cuarto acto. Dijeron que era demoníaco y maldito. En 1854, desde el Caribe, el periódico El Oasis afirmaba: y cuando dan principio al Merengue ¡Santo Dios! El uno toma la pareja contraria, el otro corre porque no sabe qué hacer; éste tira del brazo a una señorita para indicarle que a ella le toca merenguear, aquel empuja a otra para darse paso. En fin, todo es una confusión, un laberinto continuo hasta el fin de la pieza.

Ese merengue tampoco se come pero es tan dulce a la hora de bailarlo que alguna vez hasta lo quisieron prohibir, nada menos que en su propia patria, en Santo Domingo. ¿Su pecado? Vaya uno a saber, quizá por nacer del matrimonio mestizo e involuntario que celebraron la contradanza española y el ritmo profano de África, quizá por tanto magnífico roce y después.

Epílogo. Netflix por la noche, con merenguitos crocantes, de uno en uno y muchos, con dulce de leche, y un vaso de vino, siempre. Anímense a la aventura, así el Dr. Jekyll y Mr. Hyde salen a bailar un buenazo merengue dominicano. ¡Salud!

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