Casanova y sus ostras…¿Sí o no?

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Ningún estudio científico avala los recursos de Casanova para elevar su vigorosidad sexual. Más que magia, aquí hay que hablar del efecto placebo, publicaba hace un par de años el diario El Mundo, de Madrid, con la firma de Boticaria García.

Y añadía. Ni ostras, ni chocolate, ni miel. A pesar de lo que cuente la leyenda, los afrodisiacos no existen. Sin embargo, casi todos los mitos tienen una patita de realidad a la que alguien se agarra como una garrapata para construir toda una mentira. Y no siempre con mala intención. Simplemente queremos creer en la magia, especialmente con los temas que más nos interesan como en este caso, el tema sexual.

Y por eso la Historia circula. Como relata el sitio Eats History

El seductor más famoso de la historia europea desayunaba 50 ostras crudas cada mañana. No era un truco de fiesta, sino un ritual diario que documentó en sus memorias y al que atribuía la energía necesaria para realizar todas sus demás actividades antes del mediodía.

Su nombre era Giacomo Casanova y sus memorias de 1800 páginas, Historia de mi vida, constituyen uno de los documentos más notables de la historia de la vida social europea y uno de los relatos más detallados sobre lo que un hombre del siglo XVIII comía, bebía y servía en la mesa cuando quería causar una buena impresión.

Casanova comprendió algo que la mayoría de la gente de su época no llegó a articular del todo: que una comida no era solo alimento. Era teatro, era seducción, era una declaración sobre quién eras y qué pensabas de la persona sentada frente a ti.

Aprendió esto de joven en Venecia de un senador de 76 años llamado Malipiero, quien lo tomó bajo su protección y le enseñó todo sobre buena comida, buen vino y cómo comportarse en compañía de personas influyentes. Malipiero acabó expulsándolo de casa por haber sido descubierto con la mujer equivocada, pero la educación culinaria lo acompañó el resto de su vida.

Las ostras eran el centro de todo. En sus memorias escribió con total sinceridad que no hay juego más lascivo y voluptuoso entre dos amantes que compartir una ostra en la mesa, y tenía una técnica específica para ello que describió con todo detalle: pasar la ostra de su boca a la de su acompañante y viceversa, y señalar que el líquido salobre intercambiado en el proceso era, en sus palabras, la saliva de ella, y que el poder del amor no podía sino aumentar en un momento así.

Les sirvió champán, perfumó la habitación con nardos porque creía que su aroma estimulaba el deseo, y dispuso quesos blandos, frutas maduras y vino espumoso junto a las ostras porque comprendía que todos los sentidos en la mesa debían estar activos antes de terminar la comida. Era, independientemente de lo que se pueda pensar de él, metódico.

Ademas…Casanova viajó mucho por Europa y a menudo criticaba duramente la comida de países distintos al suyo. Pensaba que los ingleses generalmente cocinaban demasiado la carne y encontraba desconcertantes los modales en la mesa ingleses y sus salsas inexistentes.

Pero una tarde en Londres, deprimido y aparentemente considerando ahogarse en el Támesis, olió rosbif y pudín de Yorkshire provenientes de una taberna cercana y cambió de opinión por completo. Entró, se sentó, comió y, según su propio relato, se sintió completamente renovado. Escribió que no podía disfrutar de una comida en Inglaterra excepto en una taberna y que solo el rosbif ya justificaba la visita a todo el país. Un hombre que desayunó 50 ostras y cenó con Catalina la Grande en San Petersburgo se salvó de una tarde terrible gracias a un plato de comida típica de pub inglés.

Pese a lo afirmado antes en la cita del diario El Mundo, la página Eats History reafirma…

La ciencia moderna ha confirmado que Casanova no estaba del todo equivocado respecto a las ostras. Un estudio de 2005 realizado por investigadores de la Universidad de Barry descubrió que las ostras crudas contienen dos aminoácidos poco comunes, ausentes en la mayoría de los alimentos: el ácido D-aspártico y el N-metil-D-aspartato, ambos relacionados con una mayor producción hormonal. El contenido de zinc, por sí solo, supera la ingesta diaria recomendada en una ración de seis ostras, y Casanova consumía cincuenta al día.

Si se automedicaba, si realmente se adelantó a su tiempo o si simplemente estaba muy empeñado en contar una buena historia sobre sí mismo, es una pregunta que sus memorias plantean en casi todas las páginas sin llegar a responderla del todo.

Murió en 1798 a los 73 años en un castillo bohemio, todavía escribiendo, todavía comiendo bien y, según se dice, todavía encantando al personal de servicio.

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