El Niño, nubes y lluvias; y, sobre todo, afecta a la producción de alimentos
Investigadores de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP) acaban de dar a conocer un informe al respecto: Implicancias socioeconómicas y la convergencia con el Cambio Climático de El Niño.
María Inés Botana y Edgardo Salaverry. Departamento de Geografía, Centro de Investigaciones Geográficas / Instituto de Investigaciones en Humanidades y Ciencias Sociales (UNLP-CONICET), Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación.
Los efectos ambientales asociados al fenómeno de El Niño, en el contexto del cambio climático, generan modificaciones en la dinámica atmosférica que se expresan de manera diferenciada sobre los territorios. Estas alteraciones no se distribuyen de forma homogénea, sino que adquieren características particulares en función de las condiciones ambientales, sociales, económicas y productivas preexistentes en cada territorio.
Una alteración originada en la interacción océano-atmósfera puede proyectarse a distintas escalas sobre los territorios, incidiendo en las actividades humanas, los sistemas productivos y las condiciones ambientales.
La imbricación oceánico-atmosférica como pilares de un mismo fenómeno, altera el comportamiento pluviométrico global, derivando en una marcada dicotomía de eventos extremos: por un lado, inundaciones y desbordes por precipitaciones concentradas; por el otro, sequías e incendios forestales por déficit hídrico y calor extremo. Ambas manifestaciones convergen de manera directa en la desarticulación de la producción agrícola (pérdida de cosechas y del rendimiento del suelo), lo que genera un impacto socioeconómico global que tensiona los precios de los alimentos, debilita las economías regionales y agrava la vulnerabilidad de las poblaciones.
Evaluar El Niño únicamente bajo el prisma de la meteorología resultaría, por lo tanto, insuficiente. Sus verdaderas consecuencias se miden en el impacto sobre la vida cotidiana de las personas, la seguridad de las naciones y la solidez de sus economías:
Impacto en la producción de alimentos y mercados: la agricultura de secano y la ganadería se ubican en la primera línea de vulnerabilidad. Las desviaciones en las fechas de inicio de las lluvias, las heladas tardías o la saturación hídrica del suelo arruinan cultivos básicos como el maíz, el arroz, la soya y el trigo. Esto genera shocks de oferta en los mercados internacionales, inflación en la canasta básica y un agravamiento de la inseguridad alimentaria en los sectores económicamente más frágiles.
Infraestructura, salud pública y riesgo urbano: el exceso de precipitaciones destruye redes viales, puentes y sistemas de agua potable y saneamiento. Las inundaciones crean las condiciones ideales para la rápida proliferación de vectores de enfermedades (como el dengue, el zika y otras afecciones transmitidas por mosquitos), al tiempo que aumentan los brotes de afecciones gastrointestinales por contaminación del agua.
La superposición con el Calentamiento Global (El Niño en el Antropoceno): quizás el aspecto más alarmante del contexto actual es la interacción entre el ciclo natural ENOS y la tendencia general del Cambio Climático. A medida que la temperatura media global continúa su ascenso por las emisiones acumuladas de gases de efecto invernadero, los eventos de El Niño no suceden sobre una base neutra, sino sobre un planeta estructuralmente más cálido. Esto amplifica la intensidad de sus efectos: las lluvias son más torrenciales y las olas de calor asociadas, sensiblemente más severas.
Trazar la hoja de ruta ante la incertidumbre
El fenómeno de El Niño nos enfrenta a un espejo incómodo pero revelador. Nos recuerda que, a pesar de los extraordinarios avances tecnológicos del siglo XXI, la sociedad moderna sigue estando profundamente supeditada a las dinámicas de la Tierra. No podemos “desactivar” un evento que abarca miles de kilómetros oceánicos, pero sí tenemos el control absoluto sobre el modo en que nos preparamos para recibirlo.
El verdadero desafío del presente no reside en lamentar la impredecibilidad del clima, sino en transformar radicalmente nuestras estrategias de gestión del territorio. Esto exige transitar de una cultura de la reacción, donde los Estados intervienen únicamente cuando la emergencia ya se ha consumado, hacia una cultura de la prevención y la resiliencia.
Prevenir implica invertir en sistemas de alerta temprana accesibles, actualizar la planificación urbana contemplando los mapas de riesgo hídrico, proteger los ecosistemas naturales como humedales y bosques que actúan como esponjas biológicas y diversificar las matrices energéticas y productivas.
El Niño no es únicamente un fenómeno meteorológico; es un llamado de atención a la gobernanza ambiental. Entender su mensaje implica asumir que la vulnerabilidad ante el clima no es un destino inevitable, sino la consecuencia directa de decisiones de planificación y desarrollo. Escuchar el latido del Pacífico es el primer paso para construir comunidades capaces de sostenerse con dignidad y solidez frente a los vientos de la incertidumbre.
Fecha de publicación: 10 de octubre de 2026
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