Cocina, poesía, relatos y Panchita Llona

236

Fernanda Penas (*)

 Les comento acerca de una pasión y aprovecho para compartir un texto a propósito de todo lo que nos convoca.

La cocina se construye como un lenguaje, como experiencia única de sentidos;  vista, olfato, gusto y oído; la mesa como símbolo de reunión y encuentro.

Cocina&Poesía es la fusión entre dos artes. Es el encuentro entre los sabores, los aromas, los colores y el sonido de un plato con la poética que puede tener una palabra, una historia, la misma poesía; una estrofa a capela de una canción, un silencio. Un juego dialéctico entre nuevas síntesis que perseguimos en cada función. Porque así consideramos a este proyecto: una función de teatro, un momento posible solamente por el convivio, para que el espectador saboree,  contemple, se emocione, disfrute, se enriquezca.

 Transcurre en el living de nuestra casa entre el sabor de cada plato que Juan Cáseres presenta y las historias, cuentos y canciones que narro en los entre cada paso; y somos nosotros quienes armamos las veladas, convocando a los comensales.

 Quien viene a Cocina&Poesía presencia un recorrido con historias de parejas que se dan citas precisas, otras, en lugares insólitos, con encuentros de tan solo media hora,  con noches mágicas llenas de abrazos que permiten a sus protagonistas irse a otros sitios; pero los encuentros también son con la libertad de subirse a una Harley Davidson negra y plata, con el realismo mágico del olvido de  una polvera de plata labrada, con las páginas en blanco para un escritor avezado. Sabores e historias sobre encuentros, desencuentros, enredos y abrazos.

 En tanto, comparto con ustedes un texto que pertenece a la chilena Isabel Allende.

 

Panchita Llona, la mejor cocinera que conozco. (…) Una bruja con toda su parafernalia de hechicera de la cocina y de los filtros amorosos. Supongo que debo aclarar que Panchita es mi madre para que no haya malos entendidos. Ya que voy a meterme en este embrollo, prefiero hacerlo con alguien de mi confianza. 

 Nunca la he visto servir el mismo plato, a todo le introduce alguna variante y lo adorna con tal originalidad, que en sus manos, un vulgar repollo queda transformado en obra de arte, como una ikebana, esos arreglos florales del Japón con dos crisantemos y una rama torcida. Es el triunfo de la estética sobre la escasez. (…)

 Tiene un aire elegante, coqueto e irónico que a primera vista puede confundirse con distracción frívola. Nada de eso: es de una lucidez prístina. Cuanto un tema le interesa, lo estudia con una concentración de astrónomo, pero sin mayor alarde, dándonos una tremenda sorpresa cuando aparece un día convertida en experta en algo que nadie (…) sospechaba (…).

 La cocina es uno de sus puntos fuertes. Le basta probar un plato, por elaborado que sea, para saber al punto qué ingredientes contiene y en qué proporción, cuánto rato se cocinó y cómo ella podría mejorarlo.

 Así elaboró su famosa torta de almendras a partir de una receta que fue secreto de otra familia, guardada como relicario desde los tiempos de la colonia en Chile. Nada escapa a su olfato, sus papilas gustativas y su instinto de gran cocinera (…). 

Ir con mi madre  a un restaurante suele ser una experiencia bochornosa. Al entrar recorre las mesas observando los platos ajenos, a veces tan de cerca, que alarma a los clientes. Lee el menú con desmesurada atención y atormenta al mozo con preguntas maliciosas que lo obligan a viajar  a la cocina y regresar con las respuestas escritas. Luego nos induce a todos a pedir algo diferente y cuando llegan, ella le toma fotos con la máquina polaroid que siempre lleva en la cartera. Lo demás es fácil, prueba un bocado de cada plato y ya sabe cómo interpretarlo más tarde en su casa. Su arte culinario ha sido un factor determinante en su destino, soy testigo de ello.

 Mi madre ha sido protagonista de un amor de novela. Cuando se enamoró de mi padrastro, el bien ponderado tío Ramón (…) nadie daba un centavo por aquella relación. Estaban casados con otros cónyuges, entre ambos juntaban siete hijos y vivían en el medio más beato y conservador que es posible imaginar (…).

 Sin embargo, de alguna manera mi madre y el tío Ramón se las arreglaron para compartir la vida y hacer de esa atracción clandestina un romance legendario que los siete hijos, las lenguas envidiosas y las limitaciones de un sueldo de funcionario público, no pudieron arruinar o corromper.

 Suponemos que el sólido pilar de esa relación fue el feliz equilibrio entre el erotismo y la buena comida, pero en nuestra familia eso jamás se menciona, preferimos decir que es par de bisabuelos están unidos por una profunda afinidad espiritual…

 

 

*Fernanda Penas es licenciada en Educación y docente. Actriz y narradora. Se formó en actuación con Julio Chávez y Ricardo Bartís. En narración, con Marta Lorente. Actuó en varias obras de teatro independiente, como La funeraria, de Bernardo Cappa y Martín Otero; La Flor de Irupé, de Julieta  Ledesma; La mujer de antes, de Roland Schimmelpfennig. Actualmente lleva adelante el ciclo Cocina&Poesía, junto a Juan Cáseres.

 

 

Los comentarios están cerrados, pero trackbacks Y pingbacks están abiertos.