Para esclavas de casas ricas

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Victor Ego Ducrot

Como cada 8 de marzo, en este 2023 también el mundo destaca al Día Internacional de la Mujer, establecido como recuerdo y homenaje a las 123 trabajadoras que murieron en el incendio de la fábrica Triangle Shirtwaist en Nueva York, el 25 de marzo de 1911, y como jornada de lucha global por los derechos de las mujeres.

Los Comensales de Tomate con ellas estamos, con cada trabajadora, cada estudiante, con todas y cada una de ellas, que soportan la injusticia machista, que sufren violencias y muertes constantes.

Y como no podía ser de otra manera, ésta, mi editorial de Pejerrey Empedernido se piensa y escribe desde la cocina.

Siempre recordamos que las cocinas todas surgen de la pobreza, son mestizas y multiculturales, y femeninas, porque si nos olvidamos por un rato de las cortes y los señoritos de los burgos, que propusieron el hacer y la figura del cocinero profesional, entre los hornos y los hornillo, y desde que la Historia es tal, siempre fueron ellas las que allí trabajaron, crearon y muchas, muchísimas veces sufrieron; y siguen sufriendo, porque fíjense amigos y amigas que en el mundo entero la gran mayoría del personal gastronómico es femenino, cobran salarios notoriamente inferiores a los de sus pares varones y son explotadas, como en nuestro país, con contratas en negro, a veces poco menos que por las propinas.

Ni que hablar de lo doméstico y cotidiano. Hace años que a muchos señoritos se les dio por la cocina como divertimento pero quienes mantienen la olla por partida doble, con parte de sus salarios y con sus trabajos diarios en la casa, son las mujeres; son ellas las que alimentan a maridos o lo que sea, a hermanos, hijos y viejos y viejas de su entornos y afectos. Perdonen ustedes mi contundencia, pero el resto, el resto… es puro cuento.

Y ya que estamos por qué no recordar que la historia de la Argentina como país de nuestra América nos ofrece un testimonio de origen al respecto de la cocina como explotación de la mujer, un testimonio que llega desde los primeros tiempos.

En su libro Los sabores de la patria (Norma; Buenos Aires, 1998), mi amigo Ducrot afirma que, en aquellas épocas de la Revolución de Mayo y en la aldea que era Buenos Aires, los franceses José Duré, Pedro Botet y monsieur Ramón ejercían un monopolio casi absoluto en el mundo de la primaria gastronomía supuestamente profesional y firmaban con sus nombres el menú de toda comida con pretensiones. Botet se hacía llamar facultativo en repostería y Ramón fundó la primera escuela de cocina del Virreinato. Como él mismo decía, se trataba de un establecimiento destinado a “esclavas de casas ricas”.

¡Qué vivan las cocineras del mundo…Hasta la cocina siempre!

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