¿Chau cocinas…? ¿Será que la industria y los supermercados nos liquidarán?

152

Como si de Bill Gates y sus predicciones se tratase, Juan Roig, presidente de Mercadona, la compañía valenciana de supermercados que en los últimos años se ha instalado por toda España con su estrategia de marcas blancas (productos fabricados por una empresa y vendidos bajo la marca de otra), ha vaticinado cómo será el futuro de los hogares para mitad de siglo.

Así comentaba la colega Marta Rodríguez Peleteiro en el sitio español Tikitaka. A continuación reproducimos su texto.

Para Roig, de 75 años, el cambio más importante tendrá lugar en la estancia que ahora ocupa la cocina: “Cada vez la cocina tiene menos importancia en los hogares y en el ‘listo para comer’ ya ganamos dinero, y continúa creciendo, y a mitad del siglo XXI, que yo espero vivirlo, quedan 25 años más o menos, no habrá cocinas”.

De acuerdo con sus palabras, sus supermercados dejarían de vender las materias primas para elaborar las comidas para pasar a ofrecer los platos cocinados. Un modelo de cambio de negocio en el que se apostaría por el producto final, algo que ya está potenciando a través de la selección ‘listo para comer’.

Sin embargo, el cliente de Mercadona quizá todavía no esté preparado para un cambio tan drástico, ya que, tal como valoró el presidente de la compañía también durante la rueda de prensa de resultados, hay un aspecto que no termina de arrancar: “La venta de pescado no funciona bien”, dijo, recalcando que existe “mucha regulación para los pescadores”. Y es que la compañía está dejando a un lado sus pescaderías para apostar por ofrecer el producto en bandeja, lo que hace ya en 259 tiendas.

Además, sobre los cambios en los precios, manifestó: “Hemos subido el chocolate, el café y el pescado, pero hemos bajado el aceite de oliva, la leche, el azúcar. Normalmente subimos y bajamos porque suben o bajan las materias primas”.

Por su parte y casi simultáneamente, Almudena Villegas Becerril, de Debate, también medio español analizaba, y aquí su nota

Las inquietantes palabras del presidente de Mercadona sobre el fin de las cocinas. Tristemente, se ha convertido en la voz de una tendencia preocupante,

Unas palabras del presidente de Mercadona anuncian «el fin de las cocinas» en un par de décadas, que no dejan de ser unas inquietantes declaraciones.

Hace años que Francis Fukuyama publicó su famoso trabajo El fin de la historia, y ahora se anuncia «el fin de las cocinas». Es la noticia más triste que había oído jamás ¿Se dan cuenta de lo que significa el fin de las cocinas? El lugar de encuentro en las casas, donde se arregla la convivencia haciendo algo juntos, donde se comparten secretos de las masas o se ajustan las proporciones de la tortilla de patata, y se debate la herencia del bizcocho de la abuela.

Lo peor que le puede ocurrir a una sociedad es la pérdida, perder no solamente es no avanzar, es retroceder. Como en el caso del minimalismo, siempre he creído que menos es menos, y en el caso de las cocinas perder es perder. Perder es olvidar que las cocinas son algo vivo y que, aunque se usan para cocinar, sirven para muchas más cosas. Se cocina para las personas, por necesidad, por salud y por placer. La complejidad del acto de comer es expresión de una necesidad biológica convertida en acto civilizatorio, y vemos que:

Dejar de cocinar nos conduciría a la pérdida de la producción local. Si se homogeneizan las ofertas, la producción se podrá deslocalizar con gran facilidad, produciendo a gran escala en los lugares que convengan, con el consiguiente beneficio empresarial paralelo al quebranto económico para el país donde se consumen los platos finales.

Tras desmontar la producción agrícola, ganadera y pesquera, perderemos el patrimonio y la historia. Así, en una sola generación se habrán olvidado texturas, aromas y sabores, se habrá perdido la capacidad de comparar finamente, de catar; y los platos confeccionados a mano serán solamente para una élite que se los pueda permitir porque cocinar será algo fuera de lo normal, así que será caro.

Los platos tradicionales perderán los sabores de siempre.

La paella sabrá a congelado, el gazpacho tirará a metálico, y el pisto a envasado. Todo con un extra de azúcar y sal para compensar la falta de gracia, y con presencia de grasas de media a mala calidad. Un panorama deplorable, pero se acostumbrarán y les gustara; la propia industria irá fomentando modas según convenga introducir unos alimentos u otros. A muchos ya les parecen apetecibles los ultraprocesados ¡asómbrense!

Por otro lado, si no hay cocinas, las viviendas se tendrán que acoplar a esa carencia, por lo que en las grandes ciudades las casas serán aún más pequeñas, enratonando sin compasión a los jóvenes quienes, o comerán en la calle, o sobre esas cajitas de cartón reclinados ante el televisor. Y observando pasivamente esos programas de cocina empaquetados, porque en el fondo añoraremos las viejas usanzas. Y claro, si no hay cocinas, no habrá comedores ni mesas, ni cristalería ni mantelería. El refinamiento de la sociedad occidental se esfumará, y con ello la fabricación y utilización de todo lo que se vincula con esta actividad de la mesa.

Observo con preocupación los pasillos de los supermercados de países europeos, cada vez más cargados de comida elaborada, reproduciendo el sistema de los supermercados norteamericanos de hace treinta años.

Con un mensaje implícito, a veces directo: «No cocine, viva cómodamente, no se esfuerce…» Pero ¿qué tipo de cultura es esta? Churchill, decía que las democracias occidentales ofrecían a sus ciudadanos «todas esas cosas por las que vale la pena vivir». Pero en este extraño s. XXI estamos retirando las mejores piezas del rompecabezas, quebrando la arquitectura social compuesta durante siglos quedándonos en manos de quien quiera que sea para que haga de nosotros lo que quiera. Literalmente: que vivamos como quiera (el otro), que comamos lo que decida y de la forma que decida aquel. Nos permitirán la libertad de elegir paquete o lata, congelado o envasado en atmosfera controlada ¡qué felicidad! Y tendremos la sensación de ser libres mientras más esclavos seamos. A nadie se le escapa que quien controla la actividad humana más recurrente y necesaria, que es comer, lo controlará todo.

En ocasiones no estoy segura de estar viviendo una gansada, una película de terror o de estar soñando. No pueden estar ocurriendo hechos tan graves mientras la sociedad se ocupa de nimiedades, mientras nos escamotean lo más importante en tantos aspectos. Lo estremecedor es que está pasando, y que cada vez ocurre más: mucha gente no cocina. Y aunque los ultraprocesados no son precisamente la opción más sana para una mesa familiar, amplían progresivamente su nicho en las estanterías del súper y su hueco en las mesas. Y cada vez se fabrican más platos de este tipo que se encuentran en el límite de la toxicidad, mientras la gente mira la televisión y las redes sociales donde se cocinan cosas que nadie come. Es la sociedad de la paradoja, del absurdo, un esperpento tan desproporcionado que ni Valle-Inclán lo hubiera soñado en sus peores pesadillas.

Los nugget de pollo son uno de los alimentos ultraprocesados más consumidos.

Tristemente, Mercadona se ha convertido en la voz de una tendencia preocupante, que afecta al mundo occidental. En otras latitudes se seguirá cocinando, no me cabe la menor duda, mantendrán sus tradiciones, sus productos, su historia, su patrimonio y hasta la familia garantizará la continuidad de su cocina. Habrá algarabía sobre la estupidez occidental. Pero ¿y nosotros? ¿Nos veremos condenados a comer de la oferta de un lineal como gansos que se engordan? Si se empeñan, hasta los bares «tan gratos para conversar» se verán afectados por esta tendencia de comprar en un súper y comer allí atropelladamente sin tiempo ni más compañía que un triste microondas. Pero claro, habrá que producir.

¿En qué tipo de maléfica cadena de acontecimientos nos hemos colado? La primera y más recurrente actividad de los seres humanos, la cocina, se nos escamotea. No duden de su importancia, de sus beneficios y de su significado, más aún cuanto con más afán observamos el interés creciente por desvincularnos de ella. Y no lo olviden, hagan un acto de rebeldía: cocinen, amplíen sus cocinas, pertréchense de buenos útiles, consuman productos españoles y rescaten las recetas de siempre, esas que nos hacen ser alguien en un mundo que trata de menospreciarnos.

También podría gustarte

Los comentarios están cerrados, pero trackbacks Y pingbacks están abiertos.