Una esquina suburbana de cocina excelsa: Copetín Fiat
Desde Parque Patricios y por Puente Alsina, pero no sur ni paredón y después. Con algunos de mis más queridos, tomamos para el Conurbano del Oeste, en automóvil por cierto, con calma, si apuro, dispuestos a la travesía.
La que enseguida nos llevó hasta la cancha de San Lorenzo, histórico, de los grandes y sufrido por los latrocinios que son moneda de todos los días en ese planeta llamado fútbol, que es meganegocio global porque su clientela de millones está marcada por una pasión ya casi enajenada. El fútbol, entró, como el sistema mundo en su plenitud, en la era de la mercancía absoluta, la de las personas mediatizadas, zombis, ¡vaya!
Luego pasaron al revés o contramano y tras las ventanillas del Renault, del Fiat, no sé porque de dichos movientes nada conozco ni quiero entender aunque seguro que una Ferrari no era; pasaron, corrieron, escribía, otros estadios, más modestos, del ascenso que le dicen pero de barrios que, como el país, están en descenso, en descenso infinito, en caída libre, que de seguir así pronto bordeará la imposibilidad de ser.

Luego llegaran las casas bajas en veredas con árboles, alguna que otra vecina que apura el paso, y hasta la que fue de Tanguito, aquel pibe leyenda del rock vernáculo que le dicen y a quien mató la policía, cuentan los que saben de esos entreveros, porque no quiso trabajar para ella en el negocio de mercadeo de la falopa; y fue la policía la que tejió la mentira; dijo fue víctima de un accidente. Antes había compuesto un emblema, La balsa, afinada y grabada por Lito Nebbia.
Ya estábamos en Caseros. El GPS nos llevaba hasta el 5393 de W. de Tata. Una esquina. Allí vive el Copetín Fiat. ¿Cómo definirlo si hasta para proponerse a sí mismo eligió una palabra que habrá estado de moda cuando su inauguración, hace casi 70 años, pero ya pocos conocen; ni siquiera estuvo en el léxico de Gabriel García Márquez, según contó hace años otros de mis queridos, hoy músico debute, que de pibe y en La Habana había sorprendido al escritor cuando le dijo cuando puedo, me dedico a tomar copetines…

Y recuerdo aquellos copetines al paso sobre los andenes suburbanos del ferrocarril, finiquitados de por vida hace tanto, tantísimo tiempo.
Pero el Copetín sobrevive junto a la palabra Fiat, porque la familia Papaianni, llegada de Calabria, comenzó en esa esquina que fue almacén y peluquería a venderles sánguches a los laburantes de la entonces fábrica del emporio automovilístico turinés del tano Giovanni Agnelli; cuyo edificio sigue ahí, en la misma esquina y frente a lo que se convirtió en el Copetín Fiat.
Y la verdad sea dicha, en ese rincón cruce de calles del Conurbano, casi en lo que de afuera parece un paraderos para escabiaodres con entusiasmo, labura una cocina excelsa, que encierra en sí el arte de mixturas de viejas tradiciones del comer popular de los porteños – un sánguche de milanesa, por ejemplo pero con personalidad propia – con los mejores arancini que comí fuera de Sicilia, los que, valga aclarar, son algo así como unas croquetas cónicas de arroz y rellenas; en el Copetín Fiat, cono hongos o con carnes mechadas.
O una sopa cremosa de calabazas con deslices picantoides y queso, o una fugazetta con mejor que las mejores que habitan entre las más sagradas de nuestras pizzerías, o unos canelés de Burdeos, un dulzura en bizcochuelo que hasta con mostaza clásica de Dijon los elaboran, y todo porque hace mucho tiempo a los talleres de enfrente llegaron algunos técnicos franceses y sus recetas…Dura competencia la de la confitura franchuta para los flanes que son ambrosías y las pastafrolas que ni el gran Garibaldi supo comer.
La carta sigue, es amplia como la de los viejos bodegones, pero en el que apenas si pueden sentarse a comer unos diez comensales, a la minúscula barra contra la pared o sobre un extremo del mostrador; y diez más, digamos, si el día pinta de sol y sin fríos, a las mesillas que aguardan en la vereda. Escribía, la carta es amplia y de sabrosura sin par, pero mejor vayan y tomen nota en persona personalmente, como decía el agente Catarella, de la comisaria de Salvo Montalbano, la ficción del genial Andrea Camilleri.
Y dejamos para el final a la estrella de Copetín Fiat, un sánguche único en el mundo que algunos dicen era del gusto familiar, otros un invento para que los obreros de la fábrica, la clientela original, pudiese aprovechar el escaso tiempo con que contaban para comer, unos 20 minutos, y poder entonces despacharse platillo y postre en un solo saque.
Con ustedes, como nos lo ofreció Gregorio, el actual Papaianni al frente del negocio y la cocina, con madre y padre presentes y al pie de los hornos…El Comprimido: un sánguche de jamón crudo, queso y dulce de membrillo o batata, entre panes tostados, y todo de primerísima calidad…Un comer para dioses, diosas y pecadores.
¡Ahhh…! Sus horarios. Salvo domingos, todos los días, pero sólo desde la ocho de la mañana hasta las tres de la tarde…¡No se lo pierdan!
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