Entre ollas y recuerdos: el papel invisible de las mujeres en la cocina latinoamericana

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La comida que cocina mi mamá, además de nutrir mi cuerpo, también acaricia mi alma, recuerda Madeleine Torres Salgado en este ensayo publicado por el sitio Comestible, que pone en el centro la relación entre cocina y salud emocional, entre cuidado y resistencia.

Cada vez que llego a casa tras un día pesado, con la fatiga que pesa en el cuerpo y la mente, encuentro en la cocina de mi mamá un refugio incomparable. Ella, después de una larga jornada de trabajo, se pone manos a la obra entre ollas, especias y sabores, convirtiendo ingredientes humildes y cotidianos en un abrazo cálido que me devuelve la calma y el ánimo. No es simplemente comida; se trata de un acto profundo de amor y cuidado que va más allá del sabor, una alquimia mágica y silenciosa capaz de sanar el espíritu y devolver la esperanza, incluso en los días más oscuros. La comida que prepara mi mamá además de nutrir mi cuerpo también acaricia mi alma; es una expresión de su fuerza y resiliencia, de su manera particular de enfrentarse a las dificultades y plasmar en la cocina momentos de encuentro y consuelo.

Este acto íntimo y cotidiano evidencia la potente relación entre lo que comemos y cómo nos sentimos, una relación que trasciende al plano nutricional. Alimentar es también un acto emocional, un lenguaje que comunica cuidado, seguridad y pertenencia. La cocina maternal —para quienes hemos tenido el privilegio de disfrutar de ella—, ese espacio sagrado y habitual, se erige como uno de los lugares emblemáticos en donde se manifiesta con claridad ese vínculo invisible entre alimentación y salud afectiva. El plato que mi mamá prepara después de un día complicado es, a la vez, alimento y terapia, un refugio donde el malestar se transforma en alivio, en esperanza; en tanto el aroma, la textura y el sabor actúan como un bálsamo que calma la angustia y reconforta el espíritu. Aquí, la subjetividad afectiva se cruza con la corporalidad: alimentarse es sentir el cuidado, el reconocimiento y el amor de otra persona hacia uno.

Cocinando el cuidado

La relación entre alimentación y salud está ampliamente estudiada tanto por la ciencia occidental como por diferentes culturas que conocen y promueven el poder curativo de determinados alimentos. Hoy sabemos con pruebas científicas que los estados emocionales, el estrés y el bienestar psicológico ejercen un impacto directo en nuestro sistema inmunológico, en el apetito y en la forma en que nos relacionamos con la comida. Comprender este diálogo entre cuerpo, mente y alimento abre ventanas para enfoques integrales que consideran las dimensiones afectiva y social del bienestar.

Si bien en las cocinas comunitarias también participan varones, son las mujeres quienes históricamente han cargado con esta labor de cuidado.

En América Latina, la cocina ha sido fundamental en la construcción de nuestras culturas y las identidades colectivas. Sin embargo, las mujeres que han sido las principales custodias de este conocimiento gastronómico han permanecido muchas veces invisibilizadas.

Durante siglos, los saberes culinarios femeninos se han transmitido en el ámbito privado del hogar, considerados «trabajo doméstico» y por tanto subvalorados frente a los espacios públicos gastronómicos, dominados por figuras masculinas.

No obstante, la cocina popular se ha mantenido como un lugar de resistencia cultural y social donde las mujeres han mantenido vivas tradiciones ancestrales, mezclas de sabores, historias y rituales que configuran el rico mapa gastronómico latinoamericano.

Esa alimentación popular, donde trabajan miles de mujeres desde cocineras en fonditas hasta vendedoras ambulantes, sostiene gran parte de la cultura y la economía de nuestras comunidades, de nuestros pueblos y ciudades. Aunque muchas veces está cubierta de precariedad e indefensión frente a normativas y jerarquías sociales y económicas, es esa estructura la que alimenta realmente a millones de personas y guarda un profundo valor social y afectivo.

En la cotidianidad de esta labor, es común ver que muchas mujeres que trabajan preparando y vendiendo alimentos en fonditas, mercados, comedores comunitarios o en sus hogares enfrenten la falta de reconocimiento de su quehacer diario, además de condiciones laborales precarias. Su trabajo —que es esencial para la subsistencia de sus familias— suele percibirse como una mera extensión las labores domésticas, sin recibir un justo pago por su tiempo, saberes y dedicación, ni tampoco protección. Las largas jornadas, bajos salarios —cuando los hay— y ausencia de seguridad social se combinan con la doble jornada que asumen al cuidar de sus hogares, generando un desgaste físico y emocional.

Pese a ello, ver a estas mujeres solo bajo la perspectiva de víctimas del sistema es desconocer parte del enorme trabajo que hacen sosteniendo el tejido social. Ellas son constructoras de redes de apoyo, resiliencia y solidaridad que congregan conocimientos, tradiciones y estrategias para mantener vivas sus culturas y fortalecer sus comunidades. Las cocinas y fondas se vuelven espacios de política afectiva donde se negocian identidades, se enfrentan desigualdades y se configura un imaginario colectivo lleno de retos y esperanzas. El sistema nos condiciona a juzgar que la labor doméstica no es un empleo, cuando lo es. La sociedad mira a las trabajadoras de hogar como mantenidas, cuando se trata de un trabajo de 24 horas al día y 7 días a la semana que muchas veces no es remunerado. La cocina es parte de nuestro día a día, es una necesidad que como seres humanos tenemos, y mientras ocurre en casa no vemos en ella un oficio que merece un salario y unas horas de descanso. Este trabajo femenino en los hogares y en la gastronomía popular trasciende lo económico, siendo una fuerza cultural que sostiene la identidad colectiva y fortalece el sentido de pertenencia. Las comidas que preparan nutren físicamente y además constituyen actos de preservación cultural y expresión afectiva, al conjugar historias, memorias y emociones que atraviesan el tiempo.

La olla común

Más allá del ámbito familiar, en muchas zonas de Latinoamérica —las grandes cuidades son ahora un epicentro de este fenómeno—, los comedores comunitarios se han convertido en espacios vitales para sostener tanto a la alimentación como a la salud emocional y social de la comunidad. Los comedores y ollas comunes o comunitarias funcionan como redes solidarias donde cocinar y compartir se convierte en un acto de cuidado colectivo y de resiliencia frente a las adversidades.

Estos lugares son centros en los que ocurren rituales de encuentro, en donde la comida anuda relaciones sociales y se resignifica como un gesto de apoyo mutuo. En contextos de pobreza, migración y marginación, los comedores comunitarios cumplen un rol fundamental para preservar la cultura alimentaria tradicional, mantener el sentido de identidad y promover el bienestar emocional de quienes participan, fortaleciendo así el tejido social.

Como señalaba la investigadora Margarita Varela, «la transmisión de saberes culinarios entre mujeres ha sido un pilar central para la supervivencia cultural y afectiva de las comunidades, especialmente en tiempos de crisis social y económica» (Varela, 2019, p. 73). Este aporte, muchas veces invisible y descuidado por las políticas públicas, constituye un legado invaluable para la gastronomía y la sociedad.

Por ello, es crucial poner en valor la importancia emocional y social de la alimentación, así como el rol determinante de las mujeres en la gastronomía popular para construir comunidades sanas, solidarias y con capacidad de acción.

Mirando al futuro, urge visibilizar y valorar el aporte de estas mujeres, garantizar condiciones laborales dignas, protección social y espacios seguros. Este reconocimiento pasa por una transformación profunda que permita integrar la salud emocional, el bienestar integral y los derechos laborales reflexionando desde la manera que tenemos como sociedad de relacionarnos con tareas de cuidado y el papel de las mujeres en la sociedad.

Y como sociedad debemos avanzar en reconocer el papel de la gastronomía como una vía de cuidado que nutre nuestro cuerpo y alma. Como un intercambio socioafectivo que nos permite crear e imaginar un mejor mundo en el que valoremos la labor de aquellas mujeres que llevan a nuestras bocas un rico plato para así comprender la importancia de los comedores comunitarios que han llenado muchas bocas y corazones a lo largo de los años. Entender estos espacios y labores de cuidado como territorios y trabajos en resistencia es también entender que hay salidas colectivas para un mejor mundo posible.

Bibliografía

Varela, Margarita. Saberes culinarios y supervivencia cultural en comunidades mexicanas. Ciudad de México: Editorial Universidad Nacional Autónoma de México, 2019.

García, Ana Lucía. La cocina popular y el género en América Latina. Buenos Aires: Ediciones del Sur, 2017.

López, María José. El derecho a la alimentación y la salud emocional. Quito: Editorial Andina, 2020.

Ramírez, Juan Carlos. Redes comunitarias y seguridad alimentaria en Latinoamérica. Bogotá: Universidad de Los Andes, 2018.

Flores, Isabel. Mujeres y gastronomía: poder y resistencia cultural. Lima: Fondo Editorial PUCP, 2021.

Madeleine Torres Salgado: Mexicana, divulgadora STEM, profesora y líder comunitaria comprometida con la ciencia, la educación y el impacto social. Forma parte de iniciativas como Jóvenes ICT, impulsando espacios de aprendizaje, sostenibilidad y participación juvenil. Su trabajo combina investigación, comunicación y emprendimiento con enfoque en generar cambios positivos desde su comunidad.

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