¿Por qué me regañan esos macarrones? ¿Y por qué ese plátano me mira mal?

42

La inteligencia artificial se enfada porque no sabes cocinar. Un texto de la colega María Arranz, recientemente publicado en el sitio de El País, Edición Argentina.

La comida se perfila como la gran estrella del slop, el contenido basura creado con IA. La última tendencia: consejos para preparar y conservar la comida, contados por los propios alimentos, con un tono de todo menos amable

En los 90, el spam —esa carne de cerdo enlatada que nació a finales de los años 30 en Estados Unidos y se popularizó durante la Segunda Guerra Mundial como alimento para los soldados— acabó sirviendo para referirse a todos esos correos electrónicos basura que se envían de forma masiva y que resultan bastante molestos, incluso aunque tengamos una carpeta específica para almacenarnos e ignorarlos sin que interfieran con el resto de nuestros mensajes.

El spam se asoció al correo no deseado gracias al célebre sketch de los Monthy Python, ambientado en una cafetería donde todos los platos del menú llevaban este tipo de carne. A medida que avanza el sketch, los personajes van remplazando cada vez más palabras con el término spam, hasta que llega un punto en el que la conversación se vuelve imposible. Eso mismo hace el spam digital: entorpece la vida, molesta.

En la actualidad, su equivalente podría ser el slop (que significa bazofia), todo ese contenido de baja calidad y, por lo general, absurdo generado con inteligencia artificial que nos mantiene enganchados a la pantalla sin aportarnos nada sustancioso.

Si hace décadas, un alimento como el spam se hizo un hueco en el vocabulario asociado a internet, ahora la comida se está convirtiendo en una de las grandes estrellas del slop que, de forma similar al spam, satura el ya de por sí abarrotado ecosistema de las redes sociales.

El slop culinario, por llamarlo de alguna manera, empezó a despuntar el año pasado de la mano del italian brainrot —esos vídeos deliberadamente incomprensibles protagonizados por personajes como un tiburón con deportivas o un cocodrilo con forma de avión—, cuando conocimos a criaturas como Ballerina Cappuccina (una bailarina de ballet cuya cabeza es una taza de café), Chimpanzini Bananini (un chimpancé con cuerpo de plátano) o Salamino Pinguino (mitad salami, mitad pingüino).

Estos vídeos “pudre-cerebros”, que es la traducción literal de brainrot, marcaron un punto de inflexión. Llevamos décadas acostumbrados a los memes y a todo tipo de contenido digital absurdo, pero esta nueva corriente de entretenimiento generó un cierto estupor por lo vacío y confuso que resultaba. Desde entonces, el contenido slop no ha parado de crecer, tanto en cantidad como en nivel de delirio.

Dentro del italian brainrot, la comida era solo uno de los muchos elementos que servían para crear combinaciones y generar nuevos personajes. Sin embargo, en las más recientes “frutinovelas”, los alimentos —frutas y verduras en este caso— son los protagonistas absolutos de unos breves culebrones que repiten una y otra vez la misma historia. Llenas de drama e infidelidades, las frutinovelas han sido muy criticadas por su contenido misógino, violento y tóxico.

En los últimos meses, hemos ido un poco más allá en el slop culinario: ahora es la propia comida, con boca y ojos, la que nos habla directamente y nos da lecciones de cómo prepararla y conservarla.

En otras ocasiones, son los utensilios o los electrodomésticos los que nos explican cómo utilizarlos o almacenarlos bien. Muchos de estos vídeos ofrecen información básica y útil, sobre todo para quienes estén empezando a cocinar o a hacer la compra. El problema es que, a veces, esta información es incompleta, confusa o directamente errónea. El objetivo de estos contenidos es mantenernos el mayor tiempo posible pegados a la pantalla, por lo que priorizan el ser llamativos para viralizarse rápido.

Eso explicaría también el tono que utilizan los alimentos parlantes que los protagonizan, que se dirigen a nosotros de forma agresiva, como si nos estuvieran echando la bronca por ser unos inútiles en la cocina. “¡Otra vez echaste aceite al agua! Es imposible trabajar en estas condiciones”, gritan unos macarrones desde el interior de una olla con agua hirviendo, quejándose de que la salsa no se les va a quedar pegada. “El frío hace que mi cáscara se ponga negra inmediatamente y si me metes al refrigerador cuando aún estoy verde, nunca maduraré. ¡Déjame afuera!“, vocifera un plátano con el ceño fruncido desde el interior de la nevera. Una patata enfadadísima reclama que la sumerjamos en agua fría antes de ponerla a freír en la sartén, una cebolla llora y se quema a lo bonzo para exigir que la cocinemos a fuego más bajo y una manzana se desgañita para que no la lavemos hasta que vayamos a comerla rodeada de un montón de frutas con cara de pocos amigos.

Con razón, un usuario decía en los comentarios de uno de estos vídeos: “ya me regañaron 497 frutas con IA hoy”. El tono desagradable, sumado a lo inquietante que, ya de por sí, resulta ver a una patata, un limón o un bloque de arroz con cara hablándonos, son parte de esa estrategia para retener nuestra atención: es difícil dejar de mirarlos. Pero hay que hacerlo con un poco de ojo, porque no todo lo que dicen tiene sentido. Un vídeo, por ejemplo, recomienda no escurrir la pasta después de cocerla, sino mezclarla directamente con la salsa, incluyendo todo el agua de cocción (una cosa es reservar algo de agua y otra lo que aquí se indica). Otro vídeo, donde los que gritan son zumos de fruta, promueve mensajes más peligrosos, como que te ayudarán a “bajar dos tallas en una semana” o a limpiarte por dentro. Y mientras algunos vídeos te abroncan por no lavar el arroz antes de cocinarlo, otros lo hacen justo por lo contrario (y ninguno aclara si se debe o no lavar ni el por qué). El tono agresivo de estos contenidos puede hacerlos sonar como una verdadera autoridad, cuando en realidad, no lo son.

Bajo hashtags como #kitchenhacks, #aifood o #talkingfood podemos encontrar vídeos de comida enfadada, pero también otros subgéneros, como el de comida en situaciones traumáticas: una familia de noodles aterrorizada por sumergirse en caldo hirviendo, una barrita de pescado congelado que es separada de sus numerosos hijos para ir directa a la sartén o unas fresas que se resignan a cumplir con su destino siendo trituradas para convertirse en un batido son solo algunos ejemplos en esta línea. Y hace unos meses, la comida que se devora a sí misma se convirtió en una especie de tendencia de nicho con unos vídeos que se mueven entre lo tierno y lo perturbador.

En el reciente libro Cooking Memes, de Alessandro Mininno, editado por Krisis Publishing, se dice que la comida, en el mundo digital, “puede convertirse en una lente muy poderosa a través de la cual leer la historia misma de la memética e internet […] La comida es un signo, un vehículo cultural, y nos habla del mundo en el que vivimos”. Si algo nos cuentan estos vídeos de comida creados con inteligencia artificial es que habitamos un internet y, por extensión, un mundo, que parece que solo es capaz de quedarse mirando cuando el contenido es lo suficientemente perturbador o cuando percibe emociones extremas como la agresividad, el enfado o el dramatismo.

También se podrían establecer algunos paralelismos entre la forma que tenemos de consumir comida en la actualidad, muchas veces mediada por la rapidez, lo inmediato y la escasa atención que prestamos al plato que tenemos delante, y estos contenidos que consumimos de manera similar: uno tras otro y sin hacerles demasiado caso, para no pensar en nada más.

Aunque los datos que nos proporcionan estos ingredientes gritones puedan tener su utilidad e incluso hacer accesible cierta información culinaria a quienes no se interesarían por ella de otra manera, la omnipresencia del slop a menudo dificulta que lleguemos a otros vídeos, creados por seres humanos expertos en la materia en cuestión, que no solo nos brindan un contenido más fiable y profundo, sino que además lo hacen con un tono más conciliador. Si nos preocupamos por lo que introducimos en nuestros sistemas digestivos, quizá deberíamos hacerlo también por aquello que nos entra por los ojos.

También podría gustarte

Los comentarios están cerrados, pero trackbacks Y pingbacks están abiertos.