La mesa del Conde Drácula: No sólo de sangre y voltajes eróticos está servida

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El Conde Drácula es el protagonista de la novela homónima de horror gótico del escritor irlandés Bram Stoker, de 1897. Se le considera el vampiro prototípico y arquetípico en obras de ficción posteriores, que dio lugar a una larga lista de versiones del personaje en cine, cómics y teatro. Pero poco se ha hablado de sus preferencias gastronómicas

En la creación del personaje, algunos consideran que ciertos aspectos del mismo están basados en Vlad III, el Empalador, también conocido como Vlad Drácula, príncipe de Valaquia del siglo XV; y por Sir Henry Irving, un actor de quien Stoker era su asistente personal.

Suele aparecer junto a sus novias – las múltiples lecturas coindicen en el alto voltaje erótico de la obra- y uno de los poderes emblemáticos es su capacidad de convertir a otros en vampiros, mordiéndolos e inoculándole la enfermedad vampírica.

A través de los años, se han añadido o alterado sus poderes originales, en ficciones posteriores, incluyendo películas y dibujos animados.

Doy fe: soy una de sus víctimas, elegido por el Conde para difundir sus recetas, escribe para nosotros un legendario periodista latinoamericano, a quien sus compañeros de andanzas hace unos 50 años lo bautizaron Drácula, por cierto atuendo negro y de cuero que orgulloso lucía en los inviernos del Sur.

El Bulgogi es uno de los platos con más renombre y, aunque usted no lo crea, es muy popular hasta en Corea (Vaya uno a saber cómo viajó de Transilvania hasta allí).

Esta versión “casi civilizada” del Conde, es carne de ternera cortada muy fina, marinada en una mezcla de salsa de soja, ajo y sésamo, con un punto dulce. Se cocina a fuego fuerte hasta que queda jugosa y un poco caramelizada.

Fácil de preparar, no requiere ingredientes difíciles de hallar y es perfecta para servirla con arroz blanco o apenas unas hojas de lechuga para montar uno bocados, tal como lo hacía Vlad Drácula.

Algo más…

Nos cuenta una IA debidamente chequeada: La novela original de Bram Stoker funciona en sus primeros capítulos casi como un blog de viajes y gastronomía. A través del diario de Jonathan Harker, se documenta de forma detallada una rica y picante oferta culinaria regional.

Drácula, un anfitrión sumamente hospitalario, se encarga personalmente de que a su huésped nunca le falte comida en el castillo, pronunciando la famosa frase: Yo ya he cenado, y no ceno nunca.

Alicia Jiménez de la Riva escribió en 2004 en la Revista Funds Society un texto más que interesante – Menús Literarios: Drácula – del cual a continuación tomamos algunos párrafos.

Bram Stoker escribe toda la parte de Drácula que transcurre en Transilvania de oídas, nunca estuvo allí. Uno se pregunta si la escritora Emily Gerard, de la que Stoker obtuvo toda la información pintoresca de la región, era una gourmande, ya que nada más comenzar la novela aparece la primera mención culinaria del libro: Jonathan Harker prueba un “paprika hendl” y le parece de suficiente interés como para pedir la receta a la camarera y poder compartirla con Mina, su prometida, cuando regrese a Inglaterra.

“Allí pasé la noche en el Hotel Royale. Almorcé, o más bien cené, un plato de pollo condimentado de algún modo con pimentón rojo, que aunque estaba muy bueno me provocó mucha sed. Le pregunté al camarero, y me dijo que se llamaba ‘paprika hendl’, y que, como era el plato nacional, podría pedirlo en cualquier lugar de los Cárpatos”.

(…) Según nos vamos adentrando en los Cárpatos y acercándonos al misterioso castillo del conde Drácula, Bram Stoker va sumando características góticas a su relato: escenarios fabulosos, ancianas supersticiosas, atmósfera de misterio, pero no se olvida de contarnos con todo detalle lo que desayuna su héroe:

“He desayunado más paprika, una especie de gachas de harina de maíz que según me han dicho eran ‘mamaliga’, y berenjenas rellenas de carne picada, un plato excelente que ellos llaman ‘impletata’”.

Poco después nos describe con detalle su cena en el Hotel Golden Krone de Bistritz: un kebab en toda regla, que al héroe le recuerda a la comida para gatos que vendían por las calles de Londres. Poco podía imaginar el pobre Jonathan que en esa zona se empalaban más cosas que la carne de buey. Ya estaba muy cerca del castillo del conde Drácula.

Llagamos al fin. El Conde acompañaba sus comidas con una buena copa de…ya saben de qué; o, en su defecto, de vino tinto.

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