Un encuentro entre los tequilas del Bar de de Tlalpan y los fecas del café La Orquídea
La literatura y las tabernas, los bares y los cafetines todo lo pueden a la hora de inventar, de imaginar. El Pejerrey Empedernido, irresponsable de estas líneas, también, pero en mi caso, me limito a contar los que está por suceder.
El jueves 17 de este mes de una primavera que se anuncia, la escritora Silvia Maldonado presentará su más reciente novela, El bar de Tlalpan. La acompañarán Adriana Yoel y Américo Cristófalo, los hacedores de ese sello ya de culto que es Ediciones Paradiso, el escritor Eduardo Sguiglia, el psicoanalista Ricardo Nacht y la crítica y académica Susana Cella.
La cita es a las 19 horas en el café La Orquídea, en la esquina de Corrientes y Acuña de Figueroa, corazón del porteño Almagro.
Allí danzan lo fecas y los alcoholes, claro; y los parroquianos y viandantes de ocasión hasta se sientan a comer, de día y de noche. Pero el alma de ese punto de encuentro es la del cafetín, tan de la Buenos Aires que resiste.
Algo cuenta la escritora en su novela, sin que vislumbremos con claridad si de cierto tiene o son pulsos de su ficción, entre tequilas. Entonces buscamos por ahí en la historia e imaginamos también: en El bar de Tlalpan, además de tequilas corrían sangritas, el pulque y las cervezas; claro, con las botanas que servían a cuenta de la casa, como caldos de camarón, carnitas y patitas de puerco en escabeche.
¡Vaya que encuentros barunos…!
Pero dejenmé que les cuente, como ya los hicieron por acá y tal cual lo había hecho antes el escritor Sergio Olguín en la contratapa del libro:
¿Quién fue Ana Filippi, nacida en Colombia y desgraciada en amores? ¿Qué fue de su vida y de su muerte? Viva y muerta, Ana Filippi no dejó de ser una andariega, una mujer militante y decidida. Fue también la más entusiasta animadora del Bar de Tlalpan, un refugio de exiliados latinoamericanos que, bajo el fragor de los tequilas, construyeron una amistad indestructible. Son esos amigos los que van a reconstruir el destino de Ana y su portentoso viaje post mortem cruzando el continente. Novela coral de voces poderosas, que combinan lo íntimo y lo político, en una trama que avanza como piezas de rompecabezas: pequeñas partes que se entrelazan para darnos al final una imagen luminosa de personajes inolvidables: la propia Ana, su hija Simonetta, el escultor Leandro Vicálvaro, el despreciable Moresqui. Sin pretender ser una novela policial, El bar de Tlalpan ofrece giros y descubrimientos prodigiosos. Hay un humor latente que aleja a los personajes de toda solemnidad. Hay también piedad, valientes gestos solidarios y la testarudez de los que no se rinden jamás. Los diferentes narradores también dejan su huella, tanto verbal como ideológica. Silvia Maldonado construyó una novela que se abraza con la mejor narrativa latinoamericana, esa que hace del lenguaje una fiesta. Cada frase, cada página de este libro es un despliegue de cruces verbales de todo el continente. Hace de las variantes regionales una florida lengua común: gesto político y poético, ético y estético. Narrar es recordar. El bar de Tlalpan es una novela que ahonda en el recorrido trágico de una generación. Es un ejercicio sutil pero lacerante de memoria, de duelo y, por qué no, de justicia. O de venganza, que a veces se parece a la justicia.
Y además sobre la autora…
Silvia Maldonado es antropóloga y lingüista, egresada durante su exilio de la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH), de México. Fue profesora en la UBA. Convocado durante el gobierno de Néstor Kirchner, se desempeñó como curadora de Letras en la Dirección de Asuntos Culturales de la Cancillería, cargo que desempeñó durante más de 20 años. El bar de Tlalpan es su tercera novela, tras El ícono de Dangling (2007) – entonces finalista del premio Clarín – y La bienaventuranza (2009), también de Paradiso.
No falten ni a El bar de Tlalpan ni al café La Orquídea.
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