Las espantosas empanadas de la esquina
Que aunque anteriores al psicópata facho de la Rosada, con él se expandieron, para el mal comer de los pobres argentinos, quienes, digan lo que digan, parecemos zombis acuciados por una anomia moral y política que es patética.
Incapaces parece que somos de sacarnos de encima a la banda lumpen que nos gobierna con la complicidad de los cuerpos políticos y judiciales de todo el país y lo más concentrado de las corporaciones empresarias.
La ciudad de Buenos Aires corre la misma suerte. Está en manos de otra facción de la derecha embrutecida, con un ex pasador de discos de Miami en su alcaidía; y como hongos de dudosa salubridad crecen los chiringos, sobre todo en sus esquinas, para la venta de empanadas, pizzas, medialunas y una cuantas cosas más, todas con un común denominador: la pésima calidad de sus facturas, de olores rancios por tanta grasa saturada.
A precios a veces llamativamente accesibles frente a la barbarie que reina en la provisión de alimentos en este país, esos locales al paso se han convertido en una solución rápida a la hora de comer para una gigantesca masa de comensales, integrantes de las franjas menos golpeadas de ese casi 50 por ciento de argentinos que vive en entre la pobreza y la indigencia.
“Las empanadas de la esquina” se convirtieron en un ilusoria solución (que no es tal) para los flacos bolsillos y engordados humanos por tanta harina y tan pocas proteínas, a la vez que un pingües negocios para algunos comerciantes especializados en eso de las franquicias de bajo costo, con promesas de platillos artesanales que en realidad son emanaciones de una producción industrial de baja estofa.
Pululan en los barrios, a veces con más de cuatro por manzana y atienden desde temprano hasta bien entrada la noche.
Pasaron a sumarse, además, a los ya numerosos agentes a toda suerte de contaminaciones sonoras y visuales, por sus tufos suspendidos en el aire, estridencias dizque musicales y la fatiga y entorpecimiento para aceras y transeúntes, por tanto cartel y pizarras esparcidas por la ciudad.
La pobreza, el endeudamiento sistémico, el cierre de fuentes de trabajo y el desempleo; el desmantelamiento del aparato productivo y la destrucción de los acervos científicos, tecnológicos y educativos conforman la estrategia de la maldita y lumpen burguesía argentina, trazada para su propio beneficio y el latrocinio y la explotación para el conjunto de la sociedad.
Esa es la realidad que nos somete con perversión, y que se expresa, por supuesto, en los modos del creciente mal comer de cada uno de nosotros.
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