Los orres queremos ostras con champán

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Periodista, escritor, profesor universitario, Dr. en Comunicación

Primero, una aclaración para nuestros, seguro, multitudinarios lectores y lectoras de allende las tierras y orillas del Plata: orres es escritura al revés de la palabra reos, asuntillo perteneciente al mundo de los lunfardos de puertos, calabozos y vecindades que son conventillos, en los que, mencionado sea de paso, han nacido buenas hechuras de cocinas populares…

Victor Ego Ducrot

 

Ahora sí. Muy buenas templanzas tengan todos, en especial aquellos que a nuestra merced dedicarán algunos minutos de lectura a estos parloteos escritos y nuevos en las tapias digitales de la vida, a los que hemos convenido en darle bautizo que no santo ni sagrado con la nombradía de Tomate: Revista de cocina

¿Por qué tal apelativo? Porque, entre tantos que divagamos, ese nos sonó, tal cual y porque sí suena en este preciso instante cuando la calle sola está el manisero entona su pregón; y si la niña escucha su cantar, llama desde su balcón: Dame de tu maní. Dame de tu maní, que esta noche no voy a poder dormir sin comerme un cucurucho de maní…¡Ay, El manisero y como lo cantó Rita Montaner!…

De cocedora a cocinera, de Siete Canibales

Pero volvamos, Tomate se llama Tomate porque quizás sea el producto del yante, la jama americana con más color y sin el cual qué difícil sería pensar en y gozar con tantos platillos que agua sin pudor nos hace las bocas…Y pensando estaba en qué insólita razón llevó a sus hacedores, quienes con justicia a sí mismos se designan los Comensales – seguro que la idea de todo esto surgió a la vera de una mesa bien servida y con el escanciar de botellones sin pudor -; qué insólita razón, escribía, condujo a que este vuestro humilde servidor, El Pejerrey Empedernido, a veces humano a veces bicho nadador entre ríos, mares y lagunas, y viejo amigo de un tal Ducrot, tuviese a su cargo la irresponsable tarea de escribir sus editoriales, por llamarlas de algún modo…

Pues así fue y por ahora así será…A comenzar entonces por un cierto inicio ineludible: discurrir con ustedes acerca de qué contratiempos existenciales nos provoca en estos tiempos y por este mundo de nosotros el simple escribir cobre cocina, gastronomía o como gustéis decirles a las  este perorar, que sí, por supuesto, la cocina es parte de aquello que nos hace y explica como sociedad y como seres en ella mismita…En voy al batido de ideas que se avecina a con mis palabras, sino que ved y leed por favor otras que seguro son mejores…

Mientras el amo se hacía rasurar, Ti Noel pudo contemplar a su gusto las cuatro cabezas de cera que adornaban el estante de la entrada. Los rizos de las pelucas enmarcaban semblantes inmóviles, antes de abrirse, en un remanso de bucles, sobre el tapete encarnado. Aquellas cabezas parecían tan reales -aunque tan muertas, por la fijeza de los ojos- como la cabeza parlante que un charlatán de paso había traído al Cabo, años atrás, para ayudarlo a vender un elixir contra el dolor de muelas y el reumatismo. Por una graciosa casualidad, la tripería contigua exhibía cabezas de terneros, desolladas, con un tallito de perejil sobre la lengua, que tenían la misma calidad cerosa, como adormecidas entre rabos escarlatas, patas en gelatina, y ollas que contenían tripas guisadas a la moda de Caen.

Sólo un tabique de madera separaba ambos mostradores, y Ti Noel se divertía pensando que, al lado de las cabezas descoloridas de los terneros, se servían cabezas de blancos señores en el mantel de la misma mesa. Así como se adornaba a las aves con sus plumas para presentarlas a los comensales de un banquete, un cocinero experto y bastante ogro habría vestido las testas con sus mejor acondicionadas pelucas. No les faltaba más que una orla de hojas de lechuga o de rábanos abiertos en flor de lis.

Cocinero, de Alvaro Castagnet.

Por lo demás, los potes de espuma arábiga, las botellas de agua de lavanda y las cajas de polvos de arroz, vecinas de las cazuelas de mondongo y de las bandejas de riñones, completaban, con singulares coincidencias de frascos y recipientes, aquel cuadro de un abominable convite. Había abundancia de cabezas aquella mañana, ya que, al lado de la tripería, el librero había colgado de un alambre, con grapas de lavandera, las últimas estampas recibidas de París. En cuatro de ellas, por lo menos, ostentábase el rostro del rey de Francia, en marco de soles, espadas y laureles. Pero había otras muchas cabezas empelucadas, que eran probablemente las de altos personajes de la Corte.

Gracias por El reino de este mundo, maestro Alejo Carpentier, donde cuenta de la forma que tan sólo usted supo hacerlo la historia de la primera revolución liberadora de Nuestra América, y leo para mí aquella su parrafada sobre el asalto a las alacenas y bodegas del palacio, sin dejar vino en su odre ni desenfreno por satisfacer…

¡Ah, pero corrijo! Por qué no algunas de los míos garabatos que alguna vez publiqué y que aquí a cuento vienen: mientras que con amplitud a los nuestros oficios nos aplicaremos, con la intención de que la bonhomía reine en vuestras lecturas, no podemos dejar de pregonar nuestra sí empedernida esperanza: para ser más educaditos – y no tal cual aquellos cantes de una guerra, que los pobres coman pan y los ricos mierda mierda -, propongo aquí que el festín, el banquete, el goce – no la mera alimentación -, sea para todos, o no sea para ninguno.

La cocinera, Museo del Prado

Lo que en clave de tango no recuerda a Se viene la maroma (1928), de Enrique Delfino y Manuel Romero: cachorro de bacán, andá achicando el tren; los ricos hoy están al borde del sartén. El vento del cobán, el auto y la mansión, bien pronto rajarán por un escotillón. Parece que está lista y ha rumbiao la bronca comunista pa’ este lao; tendrás que laburar pa’ morfar. ¡Lo que te van a gozar! Pedazo de haragán, bacán sin profesión; bien pronto te verán chivudo y sin colchón. ¡Ya está! ¡Llegó! ¡No hay más que hablar! Se viene la maroma sovietista.

Los orres ya están hartos de morfar salame y pan y hoy quieren morfar ostras con sauternes y champán. Aquí ni Dios se va a piantar el día del reparto a la romana y hasta tendrás que entregar a tu hermana para la comunidad. Y vos que amarrocás vintén sobre vintén, la plata que ganás robando en tu almacén. Y vos que la gozás y hacés el parisién, y sólo te tragás el morfi de otros cien. ¡Pa’ todos habrá goma, no hay cuidao…! Se viene la maroma pa’ este lao; el pato empezará a dominar… ¡cómo lo vamo’ a gozar! Pedazo de haragán, bacán sin profesión; bien pronto te verán mangando pa’l buyón.

Pero en tanto, leed, comed, bebed y a retozar todo lo que podáis o como podáis; que nos volvemos a encontrar en menos de lo que canta un gallo o se fríe un huevo de gallina de gallinero… ¡Salud!

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