Cinco para picar a lo macho

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Por favor no se nos enfaden las y los políticamente correctos, los de la cancelación de la palabra, es decir de la vida misma; quienes al fin de cuentas andan por el mundo como un pocillo de café descafeinado o una cerveza sin alcohol, lo que es peor.

Apenas si se trata de cocina, en este caso boliviana, y Pique a los macho es el nombre de un plato que necesita cinco ingredientes, según una más que interesante nota difundida por la agencia Prensa Latina.

Les decíamos, sólo cinco elementos son necesarios para preparar como las enseñanzas enseñan y conforme a lo que explicara Ana Quiñones Rojas, hija de Honorato y Evangelina, los creadores de este platillo devenido sello del departamento de Cochabamba, en Bolivia.

La heredera de Evangelina Rojas, autora de esa invención, afirmó durante la presentación en el Ministerio de Culturas, Descolonización y Despatriarcalización que basta con una adecuada combinación de carne, chorizo, papas al bastón, tomate picado y locotos (picante). Estos últimos, los locotos, son los que le dieron nombre al platillo que nos traemos entre manos, mejor dicho entre alacenas y hornillos.

La historia se remonta a 1969, en el restaurante cochabambino El Prado, donde los fines de semanas se reunían a comer y beber amigos de la familia, sobre todo pilotos, técnicos y azafatas de Lloyd Aéreo Boliviano.

Una noche, para ayudar a mitigar los efectos de los espirituosos, doña Evangelina les ofreció a los comensales carne en abundancia, mezclada con los otros ingredientes menos tomates, que se agregó después.

Poco a poco, otros clientes al ver el desfile del singular plato comenzaron a pedirlo y muchos al probarlo coincidían en la exclamación: ¡Este es un picado para machos!, en alusión al fuerte picante.

Ante la alta demanda, el matrimonio lo incorporó al menú habitual del restaurante y lo bautizaron como “pique a lo macho”.

El éxito económico de la pareja motivó que en 1978  se trasladaran con el emprendimiento gastronómico a un local propio y de mayores dimensiones denominado Restaurante Quinta Miraflores, negocio fruto de su amor y el de Honorato que Evangelina atendió hasta sus últimos días. Como legado, encomendó a sus hijos no abandonar su obra y clientela.

Por su dedicación al trabajo y la creación de este plato que de Cochabamba trascendió a toda Bolivia y más allá de sus fronteras, la Cámara de Empresarios de Restaurantes y Ramas Afines cochabambinas y la unidad de Turismo territorial le confirieron en vida, el 14 de septiembre de 2004, la medalla Alejo Calatayud y la distinción Mérito a la Tradición Social.

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