Pinchudos y de queso

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Las playas en verano convocan al ingenio, aunque sea de importación; porque el tema que nos ocupa llegó desde Brasil, se instaló en Miramar y circula por sus cercanías al Sur y al Norte, hasta Mar del Plata.

Quizá en otros parajes también, no lo sabemos, pero por allí se los conoce como Queijo na brasa, un emprendimiento que a sus creadores les está dando resultado.

Caminante no hay camino se hace camino al andar y Gonzalo Bravo, nacido en Miramar hace 36 años, es uno de los vendedores ambulantes que cada día cumple con su derrotero sobre las arenas, sólo provisto por una conservadora portátil de fríos y una hornillo de mano en el que refulgen las brasas breves pero suficientes para fundir hasta el punto justo unos pinchos o brochettes de provoleta, a 400 pesos cada una, aunque en un país donde la inflación es endemia, qué poco útil resulta aquél dato.

Como ven se trata de un producto del comer  que no tiene lugar fijo, que circula pero lejos está de esos sin lugares de nuestros tiempos, como aeropuertos y hasta restaurantes adocenados y a gusto de los gustos que son disciplinados por el negocio global.

Por cierto, las brochetas saben la mar de bien, de puta madre diría un peninsular.

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