Para cocinar, la famosa AI es más charlatanería barata que inteligencia

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Víctor Ego Ducrot

Me refiero a la acción misma de cocinar, entre fuegos, cuchillas y aquellas materias animales, vegetales y minerales sobre las cuales aplicamos nuestros saberes, aunque estos sean escasos. Trajín ese tan tangible como sus consecuencias que son comer y beber, disfrutar que de aquello que esté al alcance de nuestros sentidos, de nuestra imaginación y de nuestra memoria del gusto, lo que tantas veces (¿siempre?) se convierte (todo) en palabras.

Aclaré lo que aclaré en el párrafo anterior porque no meto con la AI o Inteligencia Artificial así en general o al reboleo. No es mi campo, como ustedes bien lo saben, y además la literatura especializada y de divulgación acerca del tema es variada y abunda.

Y en hora buena ella, la AI existe porque se trata de un despegue de aplicaciones algorítmicas complejas que tanto ayudan al desarrollo de la ciencia, la tecnología, educación y la producción, aunque habrá ya que registrar y meditar sobre los peligros que para la sociedad y lo humano implica, estando como lo está, en manos del sistema capitalista concentrado y global.

Entonces. Los diccionarios dicen que inteligencia es la facultad de la mente que permite aprender, entender, razonar, tomar decisiones y formarse una idea determinada…y que artificial significa que algo ha sido hecho por el ser humano y no por la naturaleza, o que no se ajusta a lo que ya hay en la naturaleza, y en su tabla al mérito de sinónimos se ubican las palabras postizo, falso, fingido, ficticio y artificioso

Según las varias aproximaciones semánticas a la tan de moda Inteligencia Artificial, ésta sería algo así como tecnología que contiene programaciones algorítmicas diseñadas para realizar tereas o acciones específicas y asimilables al comportamiento o las acciones humanas…La propia Real Academia aclara que se trata de una disciplina científica que se ocupa de crear programas informáticos que ejecutan operaciones comparables a las que realiza la mente humana, como el aprendizaje o el razonamiento lógico.

Ahora a lo nuestro. Si nos atenemos a ciertas experiencias con el afamado ChatGpt, por ejemplo, del mismo surgieron datos tan curiosos como las mejores novelas de Jorge Luis Borges, lo que me hizo acordar aquello del presidente argentino que a principios de los 90’ dilapido el patrimonio del Estado en nombre del peronismo, cuando impertérrito y sin sonrojarse se refirió a los libros de Sócrates.

Y qué decir sobre recetas disparatadas, con proporciones desproporcionadas; y espectacular sobre todo lo que cuenta hace pocos días el colega Ignacio Medina, el director de la notable revista gastronómica española 7 Caníbales.

He aquí una síntesis de ese texto: Introduzco mi nombre en ChatGpt, aclarando además que participo del mundo de la cocina, por ver qué tanto me conoce uno de los programas de inteligencia artificial y el diagnóstico no se hace esperar. Es claro e impreciso. Demuestra algo que destaca cada día el ejercicio del periodismo gastronómico: se pude escribir como los ángeles y no decir nada. Explica que soy un reconoció chef y experto culinario de Perú, responsable de importantes aportes al mundo gastronómico. He creado, dice, técnicas innovadoras y aplico ingredientes peruanos para dar lugar a los que define como platos únicos (…).Soy un cocinero de mi tiempo (…).Visto el resultado, no parece complicado que otros lo superen: no acierta otra cosa que no sea mi nombre, y eso se lo conté yo. No se molestó en mirar en Google. Ni soy cocinero, ni me formé en Francia, ni soy de Perú, aunque sea peruano -no nací allí-, ni he trabajado en restaurantes del país (…). Me gusta la cocina, pero cocino en casa (…) y no soy precisamente un cocinero técnico. Lapidario.

Insisto e insistiré en que la cocina es intangible como patrimonio cultural de los pueblos. También es palabras pero su vida misma se hace de prodigiosa tangibilidad, y así debería ser, sin las exclusiones que laceran a esta Argentina que tiene a casi la mitad de su población en la pobreza.

Pero a no perder la esperanza, que el día llegará en que los pobres coman pan y los ricos mierda, para que entonces sí el banquete sea para todos.

Quizás todo forme parte un mismo proceso histórico, convulsionado y crítico. Es decir: El mismo orden mundial que produce pobreza y exclusión, y sus patéticas réplicas deformadas a escalas locales son los que están convirtiendo a la AI en una suerte de nueva mercancía fetiche, para gloria y felicidad del cierto universo empresario.

Ese al que no le interesa el significado de fondo de la Inteligencia Artificial, herramienta de punta que deberá estar al servicio de la ciencia y del desarrollo humano, sino una caricatura de ella, de rápido consumo por parte de los millones y millones de consumidores cada vez más afiebrados por la conectividad y su colección parece que infinita de espejos deformantes.

Bienvenidas las procesadoras, amasadoras, horno y demás herramientas culinarias robotizadas, asistentes XXI de legendario fuego.

Malditos sean los artificios técnicos de la inteligencia cuando son inútiles y buhoneros sin escrúpulos, porque pueden terminar convenciendo a muchos, a muchísimos, de que los pollos nacen envueltos en bolsas de plásticos en las trastiendas de los supermercados y que sopa es el nombre de una estrella de rocanrol berreta.

¡Y que vivan las sopas de cabellos de ángeles o con rulos del diablo!

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