Matambritos y milanesas en La Pipeta para salvar a la democracia

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Por qué no, ya que, con fervores para algunos, aburridos para otros, estos y por aquí son tiempos de política, mejor dicho de elecciones. Y como son pocos los senderos de lo humano, tal vez ninguno, no se comunican con el mundo del comer, aquí también nos subimos a la tabla que no de surf sobre modas y acontecimientos sino, y siempre, de cocina, sobre la cual cortar y picar.

Cómo no vamos a poder hacerlo los tomateros si casi no hay publicación gastronómica en el mundo entero que no esté dando cuenta por estos días de que José Andrés, el cocinero español nacionalizado estadounidense, creador de la ONG World Central Kitchen, fundada en 2010 para proveer de alimentos de primera calidad a la víctimas de un terremoto en Haití y luego y a los damnificados por otras catástrofes, y por cierto allegado al ex presidente Barack Obama, fue nominado para el premio Nobel de la Paz.

Por supuesto que nosotros lo hacemos con el tono zumbón de casi siempre porque claro está que la magnanimidad de las milanesas – ni que hablar cuando ellas son a la Napolitana – por encima están de todo debate político, más aún de cualquiera de los tantos comicios que cuántas veces parecen estar más al servicio de los profesionales de la política que de los propios titulares de aquello que se conoce como soberanía popular.

Sucedió que hace algunas noche atrás el tomatero Aram Aharonian presentó su más reciente libro sobre comunicación y política, intitulado La muerte de la democracia (Ciccus, Buenos Aires, 2023).

Legendario periodista latinoamericano, uruguayo pero caminante perpetuo por los caminos de nuestra América al decir de José Martí, hace mucho que viene observando y analizando las múltiples formas en que se registran las sucesivas crisis económicas y políticas en los países de la región.

Desde un sano ejercicio de la provocación intelectual y para estimular la reflexión crítica, Aharonian sabe poner el acento sobre las limitaciones, deficiencias, malas praxis, agachadas y pobrezas intelectuales en las que los sectores políticos, sociales y culturales del llamado campo progresista o popular vienen incurriendo incurrido en las últimas largas décadas.

Y para celebrar el acontecimiento librero nos fuimos a cenar a La Pipeta, bodegón que supo sobrevivir al tanto cambalache tilingo con pretensiones que sufre buena parte de la gastronomía de Buenos Aires y del país; y sobre el cual, cuando comenzaba el invierno que termina, en estas páginas escribíamos…

¿Sorpresas? Así es, y alegrías al recordar que ahí permanece, desde 1961, con la magia bohemia que nos regala el ser subsuelo, con sus cartas especializadas en la vieja culinaria de Buenos Aires; aquella que uno de nuestros comensales tomateros definió y explicó como cocina cocoliche.

En nuestra pipetera cena, bandeja con matambrito de cerdo a la parrilla y papas fritas para una de los comensales, y milanesas a la Napolitana para los otros dos presentes de cuerpo y alma; los tres sentados a la mesa y atendidos por un camarero de aquellos de la tradición, con oficio, de los que saben.

Cocina rica, que ese deber ser el único atributo insustituible para toda coquinaria; generosa -allí rinden tributo a la vieja platina ovalada – y a precios razonables, tanto que una noche en plena semana de trabajo y menesteres de la vida cotidiana los comensales se hacía cola en la escalera para alcanzar una rincón reparador; y a comensales del común no referimos, no a los foodies ni a los atornillados por influencers y youtubers, por solo mencionar algunas de la necedades tan en boga.

El bodegón La Pipeta queda en el número 498 de la calle San Martín, en el Microcentro porteño. Abre cada día de 12 a 00,00 horas. En general no hacen falta reservas y su teléfono es 011 4322-5564.

Eso sí, se van a cenar, a tener paciencia, porque esa zona de la ciudad, entre abandonos, luces para navidades berretas y enseñoramiento turístico, a esas horas queda envuelta en estridencias callejeras de ruidos con vanas pretensiones de música…

Por suerte, en La Pipeta, el bullicio sólo es jolgorio el de viejo bodegón.

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