El vino en la Antigüedad…¿Borrachería o templanza?

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Un texto tomado de Embriaguez y moderación en el consumo de vino en la antigüedad, Carmen Amat Flórez (Universidad de Cádiz IBERIA, nº 9, 2006, p. 125-142; publicado por el sitio en redes Biblioteca Gonzalo de Berceo.

[…] Vemos dos formas muy distintas de enfrentarse a un mismo problema. Mientras que Platón aboga por la confrontación con el vicio para llegar a través de él hasta la virtud, Clemente de Alejandría prefiere y aconseja evitar el vino, para eludir caer en el vicio –concepción afín al pensamiento cristiano–. Mientras que, en el primer caso, el hombre controla el vicio, en el segundo caso es controlado por él. Pero, no olvida Platón que la bebida también proporciona al hombre cosas buenas:

“El hombre que lo ha bebido se vuelve, primero e inmediatamente, más alegre de lo que era, y a medida que lo gusta más, más se llena de bellas ilusiones y de una imaginación desbocada, finalmente, nuestro hombre, convencido ya de su sabiduría, no es sino sinceridad y libertad, no hay en él sombra de miedo hasta el punto de decir cualquier cosa sin pestañear y de hacer así mismo cualquier cosa”.

Sobre las bondades del vino también encontramos pruebas en Horacio:

“¿Qué no destapa la ebriedad? Descerraja secretos, confirma esperanzas, empuja al cobarde al combate, exime de carga a espíritus angustiados, adiestra en artes. ¿A quién unos cálices fecundos no hicieron elocuente, a quién no aliviaron en su estrecha pobreza?”

Por tanto, lo mejor es beber pero con moderación, como nos indica Platón:

“[…] ¿podemos citar algún placer menos discutible que el que se prueba bebiendo vino como entretenimiento, con tal de que las cosas se desarrollen con un mínimo de precauciones?[…]”

Y nos recomienda el Antiguo Testamento:

“Como la vida es el vino para el hombre, si lo bebes con medida. ¿Qué es la vida a quién le falta el vino, que ha sido creado para contento de los hombres? Regocijo del corazón y contento del alma es el vino bebido a tiempo y con medida.”

Como estamos viendo el tema de la necesidad de la moderación es frecuente en los autores antiguos y así en Paniasis de Halicarnaso podemos leer:

“El vino es el mejor regalo de los dioses a los mortales, espléndido. Con él se armonizan todos los cantos, todas las danzas, todos los deseables amores. Vacía del corazón del hombre todas las tristezas, si se bebe con moderación. Por encima de la medida, en cambio, es peor.”

Platón recoge una leyenda en la que el vino es un castigo para los hombres en lugar de un regalo de los dioses:

“ATENIENSE.- Hay una tradición y un rumor que cuentan que este dios (Dioniso) perdió el juicio por obra de su madrastra Hera, y que, para vengarse de ello, nos envía el furor báquico y toda la locura de sus danzas corales29 y que, con este mismo fin, nos ha hecho don del vino.”

Pero Platón no considera al vino como un castigo, sino más bien todo lo contrario, como una forma de encontrar la virtud, no huyendo del vicio, sino enfrentándose a él, ya que el vino ayuda al espíritu del hombre a comprender la necesidad y conveniencia de la moderación:

“ATENIENSE.- Y por lo que de manera particular se refiere al vino, la opinión más corriente afirma, por lo que parece, que fue dado a los hombres como castigo, para hacernos enloquecer; pero la opinión que nosotros acabamos de exponer pretende que, por el contrario, se nos ha dado como un remedio que facilita al alma la adquisición del pudor, y al cuerpo, la de la salud y la fuerza.”

Para Mnesíteo, médico de Atenas, el vino es un regalo de los dioses, no es un castigo; el vino no es malo en sí mismo, sino que todo depende del uso que el hombre haga de él:

“Mnesíte afirma que los dioses dieron a conocer el vino a los mortales como el mayor bien para quienes lo toman con sensatez, y para los que lo hacen [desordenadamente, lo contrario. […] a quienes lo beben con moderación y mezclado, buen humor; en cambio, si te excedes, insolencia.”

The ancient Greek god Dionysus with a glass and a rod sits near the jugs of wine.

Pero, ¿cuál es la medida adecuada? ¿Cuándo hay que parar de beber? Los autores están de acuerdo en este tema. Ateneo recoge un fragmento de la obra Sémele o Dioniso, del cómico del siglo IV Eubulo, donde podemos leer como Dioniso dice:

“Sólo tres cráteras mezclo para los que son prudentes: la una, de salud, la que apuran primero. La segunda, de amor y placer. La tercera de sueño, que al apurarla los invitados sabios regresan a casa. La cuarta ya no es nuestra, sino de la insolencia. La quinta del griterío; la sexta, de los bailes por la calle; la séptima, de los ojos [morados; la octava, de los alguaciles; la novena, de la cólera; la décima de la locura, que también hace caer.”

De nuevo Ateneo recoge la misma idea cuando nos comenta que: “Paniasis, el poeta épico, dedica el primer trago a las Gracias, a las Horas, y Dioniso; el segundo, a Afrodita y de nuevo a Dioniso. Y a la Insolencia y la Ruina, el tercero (sic). Dice Paniasis:

“Las Gracias las primeras, y las benignas Horas, recibieron su porción, y el resonante Dioniso, precisamente quienes lo dieron a luz. Después de ellos la obtuvo la diosa nacida en Chipre35, y Dioniso. Es entonces cuando surge el mejor trago de vino para los hombres. Si uno lo bebe y, dando media vuelta, regresa a casa desde el dulce banquete, jamás encontrará perjuicio. Pero cuando se sobrepasa la medida de una tercera ronda, bebiendo sin moderación, entonces surge el lote terrible de la Soberbia y la Ruina, y los males asaltan a los hombres. ¡Ea pues, amigo! Puesto que posees la medida del dulce trago, vete junto a tu legítima esposa, y haz que duerman tus compañeros. Pues temo que, si se bebe una cuarta ronda de vino dulce como la miel, la soberbia excite la cólera dentro de tu corazón, e inflija un mal final a unos nobles dones de hospitalidad. ¡Ea pues! Obedece y deja de beber en demasía.”

Apuleyo, escritor latino del siglo II, también habla de las tres primeras copas como beneficiosas y de la cuarta como la de la perdición:

“Se cita a menudo la frase que pronunció un sabio a propósito de un banquete: ‘La primera copa es para aplacar la sed; la segunda, para la alegría; la tercera, para el placer; la cuarta para la locura’.”

Es posible que al sabio que se refiere Apuleyo sea Anacarsis Escita, que vivió en el siglo VI a.C., porque se le atribuyen palabras muy parecidas que fueron recogidas por Diógenes Laercio en sus Vidas de los filósofos más ilustres, Anacarsis Escita: “Decía que ‘la cepa lleva tres racimos: el primero, de gusto; el segundo, de embriaguez; y el tercero de disgusto’.”

Tres son, por tanto, las copas que el hombre sensato debe beber en el banquete o simposio, a partir de la cuarta copa el hombre se embriaga, pasando por diferentes estados dentro de la borrachera, y cuanto más bebe, más irracional, insensata y peligrosa es su conducta, desembocando en la locura y la ira. En ese momento, el hombre fuera de sí, totalmente enajenado, es capaz de cometer cualquier maldad.

Además, se debe huir de la borrachera en los banquetes porque hay que evitar ofender al anfitrión, respondiendo con mesura en el beber a sus muestras de hospitalidad, como leíamos, hace un momento, que aconseja Paniasis.

Séneca pensaba que los efectos físicos de la embriaguez son tan desagradables, y conducen al hombre a un estado tan lamentable y ridículo, que ya por sí solos desaconsejan el hartazgo de vino:

“Añade el desconocimiento propio, la expresión torpe y poco clara, la mirada imprecisa, el paso vacilante, el vértigo, el mismo techo en movimiento como si un torbellino hiciese girar toda la casa, la angustia de estómago cuando fermenta el vino y distiende las entrañas.”

Como se dice en los Proverbios, sobre “los que se eternizan con el vino”:

“Tus ojos verán cosas extrañas, y tu corazón hablará sin ton ni son. Estarás como acostado en el corazón del mar, o acostado en la punta de un mástil.”

De hecho, como nos cuenta Clemente de Alejandría:

“[…] la borrachera es este estado repugnante y desagradable que se deriva de la embriaguez, y que recibe tal nombre por el bamboleo de la cabeza.”

Y los antiguos ya sabían que lo mejor para disuadir a la juventud de que se embriagara era mostrarle los efectos de la borrachera. Tenemos varios ejemplos.

Así, podemos leer en las Vidas Paralelas de Plutarco lo que decía Aristóteles sobre la crueldad con que los éforos trataban a los hilotas:

“Así, a unos los metían en los syssítia y los obligaban a beber abundante vino puro, con la idea de mostrar a los jóvenes en qué consisten las borracheras, y les ordenaban cantar, ejecutar bailes humillantes y ridículos y mantenerse lejos de los hombres libres.”

Como dice Séneca en una de sus epístolas:

“[…] cuántas torpezas cometen los ebrios de las que los sobrios se ruborizan; […]”

Diógenes Laercio, el biógrafo de los filósofos, nos cuenta lo que Anacarsis Escita respondió al ser “preguntado de qué forma se haría uno abstemio o aguado”:

“Mirando los torpes gestos de los borrachos.45”

Para Clemente de Alejandría, los que no guardan moderación en los banquetes son unos pobres desgraciados que:

“[…] consideran una vida feliz la total anarquía en la bebida; según ellos, la vida no es más que fiesta, embriaguez, baños, vino puro, orinales, inercia y bebida.

Así, puede verse a algunos de ellos medio borrachos, tambaleándose, llevando coronas en el cuello, como las urnas funerarias, escupiéndose mutuamente vino, so pretexto de brindar a su salud. A otros, puede vérseles completamente ebrios, sucios, pálidos, con la mirada lívida, y añadiendo por la mañana una nueva embriaguez sobre la del día anterior. Es bueno, amigos, bueno de verdad, que tras presenciar –pero, a poder ser, lo más lejos posible– estas imágenes ridículas y a la vez lamentables, adoptemos una actitud y una conducta mejor, por el temor de dar un día nosotros también un espectáculo parecido y una ocasión de burla”.

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