Del feedlot al fishlot…Negocios si, pero… ¿Y el medio ambiente y la calidad de lo que comemos?

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Del feedlot al fishlot: el negocio productivo que en la Argentina se posiciona como potencia. La acuicultura avanza como el próximo salto del sistema agroindustrial argentino, replicando la eficiencia, la previsibilidad y la escala que en su momento introdujo el feedlot. Un texto de Guillermo Abdala Bertiche publicado recientemente por el diario La Nación.

Y lean un adelanto muy explicito acerca de la situación actual: De acuerdo con la FAO, cerca del 60% de las proteínas acuáticas consumidas a nivel global provienen de la acuicultura —y el 51% en peces—, consolidando el paso de la pesca extractiva a la producción controlada. El quiebre se dio en 2018, cuando la acuicultura superó por primera vez a la pesca como principal fuente de abastecimiento; desde entonces, su participación creció del 51% al 60% en apenas seis años.

A continuación reproducimos el texto completo no sin antes apuntar algunas observaciones críticas realizadas por organizaciones defensoras del medio ambiente, reunidas por un megabuscador de la llamada IA:

Principales preocupaciones ambientales

Contaminación del agua y lecho marino: Las granjas intensivas generan toneladas de desechos orgánicos (heces y alimento no consumido). Por ejemplo, una granja promedio puede producir desechos equivalentes a una ciudad de decenas de miles de personas. Esto provoca eutrofización (exceso de nutrientes) y la aparición de «zonas muertas» sin oxígeno.

Uso excesivo de químicos: Para combatir enfermedades en condiciones de hacinamiento, se utilizan altas dosis de antibióticos, antiparasitarios y pesticidas. Esto no solo contamina el entorno, sino que puede generar bacterias resistentes, un riesgo para la salud humana.

Especies exóticas invasoras: El escape de peces de cultivo (como los salmones en el sur) amenaza a las especies nativas por competencia de alimento y depredación, alterando el equilibrio del ecosistema local.

Falsa sostenibilidad alimentaria: Para alimentar peces carnívoros, se requiere pescar grandes cantidades de peces silvestres para fabricar harina de pescado. En ocasiones, se necesitan entre 2 y 6 kilos de peces silvestres para producir solo 1 kilo de pez de cultivo, lo que presiona aún más los bancos de peces naturales.

Impacto en la biodiversidad costera: La instalación de estas infraestructuras ha causado la destrucción de hábitats críticos, como manglares en Asia o riesgos para los bosques de macroalgas en Tierra del Fuego.

Alternativas propuestas por el sector ambiental

En lugar de la acuicultura industrial de monocultivo, los sectores críticos sugieren:

Acuicultura Multitrófica Integrada (IMTA): Sistemas donde los desechos de una especie sirven de alimento para otra (como algas o moluscos), minimizando el impacto.

Sistemas de Recirculación (RAS): Producción en tierra con filtrado de agua constante para evitar vertidos directos al mar o ríos.

Acuicultura a pequeña escala: Fomento de la pesca artesanal y cultivos locales sustentables que no dependan de grandes cadenas.

Ahora sí el texto del colega Guillermo Abdala Bertiche, ex director Nacional de Acuicultura, asesor del Consejo Federal de Inversiones y Consultor del Banco Mundial.

La acuicultura avanza como el próximo salto del sistema agroindustrial argentino, replicando la eficiencia, la previsibilidad y la escala que en su momento introdujo el feedlot

La Argentina construyó gran parte de su identidad agropecuaria y productiva sobre la ganadería. En ese recorrido y oportunamente, el feedlot emergió como un sistema intensivo que permitió transformar granos en proteína animal bajo condiciones controladas, con mayor eficiencia, trazabilidad y previsibilidad. Este modelo introdujo una lógica de gestión basada en la optimización de la conversión alimenticia, el manejo sanitario y la estandarización de procesos, generando un salto principalmente cuantitativo en la producción. Su consolidación no solo incrementó la oferta y la competitividad, sino que redefinió la economía de la carne, integrando al sector agroindustrial en una cadena de valor más eficiente y orientada a mercados de alta demanda.

Desde hace al menos dos décadas, un proceso de características equivalentes comenzó a consolidarse en los sistemas acuáticos y productivos: la acuicultura. Esta actividad introduce también una lógica productiva basada en el control de variables, la eficiencia en el uso de insumos y la previsibilidad de resultados, permitiendo producir proteína de alta calidad para consumo humano. En este contexto, comienza a instalarse el concepto de “fishlot”: una definición emergente que sintetiza la complementación desde la extracción hacia la producción planificada, apoyada en la integración de conocimiento y gestión de los ecosistemas acuáticos. La acuicultura no se limita al cultivo de peces, sino que abarca también la producción controlada de crustáceos, moluscos y vegetales —como algas—, configurando un sistema diverso que amplía las oportunidades productivas y permite desarrollar esquemas integrados y sustentables.

De acuerdo con la FAO, cerca del 60% de las proteínas acuáticas consumidas a nivel global provienen de la acuicultura —y el 51% en peces—, consolidando el paso de la pesca extractiva a la producción controlada. El quiebre se dio en 2018, cuando la acuicultura superó por primera vez a la pesca como principal fuente de abastecimiento; desde entonces, su participación creció del 51% al 60% en apenas seis años. Países como Noruega, Chile, India, Japón, Brasil, Ecuador, Estados Unidos o China la convirtieron en política de Estado, integrando ciencia, regulación e inversión. Hoy es un mercado de aproximadamente US$330.000 millones anuales. Solo Chile genera cerca de US$7000 millones, exclusivamente a partir de la acuicultura.

En los últimos seis años, el sector en la Argentina muestra una trayectoria de crecimiento sostenido, apoyada en una base de capacidades científicas y tecnológicas desarrolladas previamente, junto a la sanción de la ley nacional del sector (27.231). Sin embargo, ese proceso convivió algunos años con asimetrías entre la generación de conocimiento y su adopción a escala productiva. Desde entonces se comenzó a cerrar esa brecha, fortaleciendo la articulación entre capacidades técnicas, inversión y producción en una lógica más integrada de desarrollo sostenible.

En ese proceso, comenzaron a consolidarse experiencias concretas: empresas pesqueras que diversificaron hacia el cultivo de mejillones en Tierra del Fuego, el ingreso de capacidades, capitales y tecnología desde Chile y Japón en el desarrollo de trucha arcoíris en la Patagonia norte y Sur, y la expansión de proyectos en distintas regiones del país, incorporando especies como Pez Limón en Chubut, Pacú y Surubí en Chaco, Formosa y Misiones, entre otros. A su vez, la calidad del producto argentino empieza a posicionarse en mercados internacionales y en la gastronomía de alto nivel, con exportaciones hacia Estados Unidos, Japón y Brasil, entre otros destinos.

El país cuenta, además, con ventajas marcadas: disponibilidad de agua dulce y marina de calidad, temperatura, condiciones sanitarias favorables, diversidad de ambientes y una base científico-técnica consolidada. A esto se suma una matriz agroindustrial con capacidad para escalar sistemas intensivos. En este contexto, la acuicultura ofrece una definición técnica clave: frente a la producción vacuna, porcina o aviar, puede alcanzar factores de conversión cercanos a 1:1, resultado de modelos productivos optimizados en tecnología, genética y nutrición.

El debate sobre los riesgos de contaminación suele ocupar un lugar central, muchas veces asociado a experiencias mal gestionadas o sin regulación adecuada. Sin embargo, en la Argentina el desarrollo acuícola se estructura bajo un enfoque sanitario y ambiental específico, con exigencias claras, monitoreo, buenas prácticas y casos de empresas con certificación a nivel mundial. La adhesión en 2023 a lineamientos de acuicultura sostenible consolida un esquema basado en trazabilidad, control y gestión ecosistémica, que además ordena los costos transaccionales —regulación y acceso a mercados—, generando previsibilidad para posicionar al país como proveedor competitivo y confiable. En este marco, la discusión no debería plantearse como una dicotomía entre producción y ambiente: la evidencia muestra que los sistemas acuícolas modernos presentan mejores indicadores de conversión, uso de recursos y huella ambiental que otras producciones animales, requiriendo menos insumos, menos espacio y generando menor impacto por tonelada.

En este contexto, campo, pesca y acuicultura no deben pensarse como sectores en tensión, sino como parte de una misma matriz productiva en evolución. Mientras que la experiencia aporta conocimiento del recurso, organización, institucionalidad, capital, infraestructura, logística y mercados. La acuicultura suma previsibilidad, estabilidad e incremento de oferta, complementación y desarrollo contraestación, capacidad de planificación y escalabilidad. La convergencia entre ambas puede fortalecer la competitividad del sistema en su conjunto y reducir presión sobre los ambientes naturales.

La próxima expansión de proteínas no necesariamente ocurrirá únicamente sobre la tierra. Así como el agro logró transformar granos en carne, leche o energía, hoy tiene la oportunidad de integrarse a los sistemas acuáticos, aportando insumos, tecnología, financiamiento y conocimiento.

Para consolidarlo, se requieren condiciones concretas: marcos regulatorios favorables, incentivos a la inversión, planificación territorial, estándares sanitarios y ambientales con criterio, y una articulación responsable entre sector público y privado. La convergencia del feedlot al fishlot no es una analogía. Es una hoja de ruta técnicamente probada y mundialmente desarrollada.

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