Una tragedia de todos los días: familias del norte argentino comen basura
Mujeres, hombres y niños recuperan comida, leña y restos de poda en basureros de Santiago del Estero y Tartagal. Un texto tomado del sitio Nota Antropológica.
En un país donde la pobreza alcanza al 57 por ciento de la población del noroeste, hay familias que encuentran carne, yogur, pan y hasta refrescos entre montañas de desechos. Lo hacen sin guantes, bajo el sol de 40 grados, pero si se les pregunta por su labor, responden que no es un trabajo que es solo un pasatiempo.
¿Cómo se llega a considerar un “hobby” el acto de revolver bolsas de basura para alimentar a los hijos o a los animales de engorda como los cerdos que venderán en Navidad?
Esa es la pregunta que recientemente se hicieron las antropólogas Cecilia Forment-Hirsch, de la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de Francia, y Silvia Marelli, investigadora del CONICET en Argentina. Ellas pasaron dos años observando la vida en tres depósitos de basura a cielo abierto. Dos en la periferia de Santiago del Estero y uno en Tartagal, Salta.
Estos depósitos funcionan como pequeños ecosistemas sociales. Por ejemplo, el de Tartagal, que existe desde la década de 1970 y abarca 20 hectáreas, ingresan cada día entre 75 y 100 personas. Ahí conviven familias guaraníes y criollas. En los de Santiago, como Solís y Lugones o Pampa Muyoj, la actividad sostiene a unas doce familias por sitio. Estás familias recolectan residuos orgánicos, algo poco común y que pocas veces han volteado a ver los investigadores.
¿Qué tipo de comida se recupera? Pan, verduras, cáscaras de papa, carne, yogures sin abrir, refrescos. Una mujer joven de Tartagal, madre de dos niños, solo recoge productos envasados y sin abrir. Un hombre de 41 años entra al tiradero antes de las fiestas para buscar carne. Si está oscura, la hierve durante horas para hacer algún guisado con ella. Otro recuperador en Pampa Muyoj le agrega limón a unas milanesas en descomposición y después las fríe: “Poniéndole limón y fritando, se cubre todo”, dice.
El criterio para hacerlo nace de la experiencia. Cada familia desarrolla su propio juicio práctico sobre lo que sirve y lo que no. Ese juicio, explican las autoras, es donde está valor. El valor emerge cuando una persona decide si ese poco de refresco sin gas se toma o se tira, si ese pan duro va a los cerdos o a los perros.
Pero siempre son los cuerpos de los recuperadores los pagan el precio de esta actividad. No usan guantes ni botas. Rompen las bolsas con ganchos o directamente con las manos. Los cortes, las picaduras de alacranes, los dolores de espalda y los golpes de calor son el día a día. En el tiradero durante el verano la temperatura supera los 40 grados y aun así, muchos están ahi.
¿Pero por qué lo hacen si no lo consideran un trabajo? La sociedad argentina carga el contacto con la basura de una fuerte sensación de asco. Ese asco no solo se pega a los residuos, sino también a los cuerpos que los tocan. Los propios recuperadores internalizan esa mirada. Por eso llaman “pasatiempo” a lo que en realidad es una estrategia de supervivencia. Lo dicen Marta, la jubilada que va con su marido porque se aburre; lo dice Mario, que junta desperdicios cuando le “sobra tiempo”; lo dice la familia que dejó de recolectar cartón porque los precios cayeron y ahora solo busca cáscaras para los chanchos.
Pero hay trabajo dentro de todo, hay frecuencia, técnica, riesgos y resultados, solo que no está reconocido. No hay leyes que lo amparen. Cada municipio tiene sus propias reglas. En Santiago del Estero, por ejemplo, está prohibido ingresar de noche o con menores de edad. En Tartagal, en cambio, la actividad nocturna es intensa porque los supermercados tiran mercadería al atardecer. Esa falta de regulación nacional deja a estas familias en un limbo legal y sanitario.
Las autoras advierten que la ausencia de información oficial sobre cuántas personas recuperan alimentos, qué tipo de comida rescatan y para qué la usan, contribuye a la estigmatización. Sin datos, el prejuicio ocupa el lugar del conocimiento y sin presupuesto mínimo para la gestión de residuos, cada provincia hace lo que puede y lo que quiere.
Este depósito de residuos no solo provee recursos, también genera formas de vida, identidades y hasta una cierta idea de “buena vida”. No por romanticismo, sino porque allí se tejen lazos vecinales, se organizan ayudas mutuas y se construyen pequeños circuitos económicos que de otra manera no existirían.
Fuente
Forment-Hirsch, C. A. y Marelli, S. E. (2026). De la basura al hogar: una primera aproximación a la recuperación de residuos orgánicos en los basurales de Santiago del Estero y Tartagal, Argentina. Revista Latinoamericana de Antropología del Trabajo, 21.
Los comentarios están cerrados, pero trackbacks Y pingbacks están abiertos.